miércoles, 24 de noviembre de 2010

Por qué ya no puedo ver películas de zombies


Luego de apagar el televisor tras un nuevo episodio de Walking Dead, la nueva serie sobre zombies basada en un exitoso y buen cómic, me pregunto ¿por qué ya no puedo disfrutar tranquilamente de un placer bizarro que antes me gustaba tanto? Terminé el capítulo apenas, y lo hice casi sólo por amor a Carlos que adora a los zombies y esperó esta serie durante meses.

¿Es que la maternidad me transformó en un modelo torpe y latinoamericano de Martha Stewart? ¿Yo, que no jugué con muñecas, terminaré comprándole Barbies de todos los tonos de rosa a mi hija? Eso me da casi más terror que ser perseguida por un zombie.

Le he dado vueltas al asunto, y me di cuenta de que lo que me espanta de los zombies no son las vísceras y restos humanos que aparecen de la nada, sino la maldita angustia que me generan. Simplemente no los soporto porque son un fiel reflejo de la sociedad actual, una que si eres u opinas distinto, aunque sea un poco, te persigue y agota hasta convertirte en uno igual a los otros cientos de miles que van al mall todos los fines de semana, a pasar el rato mirando vitrinas. Y con un hijo en brazos es fácil caer en la angustia.

En Walking Dead, que he mencionado tanto que ya parece product placement, dentro del grupo que lucha por sobrevivir al apocalipsis de los muertos caminantes hay niños. Y más que los nervios de ver como los “vivos” escapan de los lerdos cuerpos que “corren” a un km/hr. (el mismo tipo de nervio que cuando actuaba de Caperucita Roja en las fiestas familiares, hacia que en la parte del lobo, cuando él decía “para comerte mejorrr” yo ya estaba corriendo a un km. de distancia), es terrible pensar que esas madres y padres simplemente luchan diariamente por lograr que su familia sobreviva un día más. Sólo eso, sobrevivir, sin futuro ni proyección, intentando que sus pequeños descendientes queden con la menor cantidad de secuelas posibles frente al dantesco espectáculo.

Parte de eso es lo que hacemos todos los días, pero nosotros al menos podemos darnos el lujo de proyectarles un futuro, o poner algunos peldaños para que lo forjen de la mejor manera posible. Además tenemos la suerte de compartir junto a esas nuevas personitas todo su descubrimiento del mundo, momentos maravillosos que hasta al más negro le alegran el día.

Pero cuando veo películas o series –en este caso- de zombies, todo lo que intento mantener en un rincón de mi amargado y cansado cerebro, para poder funcionar con una sonrisa, aparece. Cual zombie debajo de la cama agarrándote el pie.

Como la sensación de esa madrugada del 27 de febrero, cuando despertamos a las 3 am con un terremoto 8.8, el suelo se movía como gelatina y yo sostenía a Josefina, de diez días de vida, mientras veíamos como volaban vasos, copas y platos. Entonces con Carlos lo único que pedíamos era que no se cayera el edificio. Pensaba “sólo tiene diez días, no ha vivido nada”.

O la angustia que me nace cada vez que la Jo tiene fiebre, o vomita, o me llaman de la Sala Cuna. No se si lo podré manejar, no sé si soy capaz de tomar tantas decisiones y hacerlo bien, no sé si seré capaz de transmitirle seguridad a mi hija todo el tiempo. Pero de alguna manera lo hago, siempre y cuando sea inconscientemente.

Es siempre esa maldita angustia de ser capaz de darle un futuro. No un “futuro Dallas” con autos, casas, dinero, saunas, súper teles y una habitación llena de ropa, sino un “futuro Josefina” donde sea feliz con una taza de arroz con palta a pie pelado, sólo porque le encanta la combinación y no necesita nada más. El que ella elija.

Por eso ya no puedo ver tranquila películas de zombies (por lo mismo tampoco soporto más de una hora en el mall). Porque además de reflejar a una sociedad que me agota con exigencias de lavado cerebral y gustos uniformes, de sólo imaginar una situación como la que viven los personajes de la serie, de sólo pensar en no poder darle un futuro a mi hija, me angustio a tal punto que apago la televisión.

¿Y sobreviviremos al ataque zombie? Espero…

domingo, 3 de octubre de 2010

Carta a Josefina


Luego de varios sucesos ocurridos a nuestro alrededor, que incluyen el regreso al trabajo y el ingreso a la Sala Cuna, hay una frase que me han repetido varias veces que no deja de darme vueltas: “Es el mundo en que le tocó vivir”. Desde la pediatra refiriéndose a la cantidad de virus y contagios que pueblan los espacios urbanos, hasta personas respondiendo a mis dudas existenciales.

Una de las razones por las que esta frase me molesta es porque forma la base de la inequidad social. Hija, no quiero que te convenzan con ese tipo de frases. Creo firmemente en que existe un camino entre el mundo en el que naces y en el que terminas viviendo, y que frases como esas están hechas por las mismas personas que te convencen de que logras el éxito al tener un auto, un televisor con pantalla plana o zapatillas “de marca” todos los meses. Luego son esas mismas personas las que te amarran de brazos y piernas con cuotas de apariencia regalada e intereses que crecen a su gusto.

Escribo esto a semanas de que Chile apagara sus 200 velas como República. Escribo esto luego de presenciar empíricamente que en estos 200 años nada ha cambiado. En este país seguimos viviendo en un fundo. Con más detallitos, claro, más poder adquisitivo, mayor ampliación hacia el mundo, menos aislados y con más acceso a las comunicaciones, pero el poder de tomar las decisiones y de administrar a los trabajadores de estos fundos Josefina, sigue estando en las mismas manos.

La verdad hija es que nunca he militado en un partido político, porque una de las cosas que más odio es que me digan cómo tengo que pensar. Pero sí voto, porque creo que es en esa instancia donde mi palabra o mi pensamiento valen lo mismo que la palabra y pensamiento del dueño del fundo. Tal vez soy ingenua, lo reconozco, pero al menos me hace dormir más tranquila. A través del voto vamos forjando una República y validando tantas peleas que se dieron en el camino.
Sin embargo, a la hora de planificar, organizar y sobre todo ordenar este gran fundo llamado Chile, las voces de mando son las mismas. Y lo que es peor hija, a la gente parece gustarle. Los miran con admiración (si pudieran algunos les harían una reverencia), los escuchan como si su palabra les diera las respuestas a sus dudas, y sobre todo, les creen.

Pienso Josefina que en 200 años los grupos se poder se las han arreglado para mantener las cosas más o menos iguales. No importa que seas un buen profesional, que mojes la camiseta de tu lugar de trabajo, que tengas méritos académicos e incluso personales. Todo eso se va a la basura si no lo acompañas de un buen apellido, o un buen contacto, o peor aún si no sabes manejarte en ese mundo que lleva más de 200 años forjando su propio paraíso.

Porque aunque te parezca difícil de creer, en Chile cuesta más ser persona si tienes apellido Soto. En Chile no importa tu esfuerzo a la hora de crecer en una empresa si no agachas la cabeza, no tienes contactos, familia importante, o tienes rasgos aborígenes. Al menos por ahora.

Y me temo Forita que la cosa va más allá de nuestras fronteras (aunque afortunadamente algunos de los países llamados del “primer mundo” son más abiertos a los méritos personales).
Pero hija. Aunque suene negro, no todo lo es, y por eso es importante que no creas en frases como “es lo que hay” o “es el mundo en que te tocó vivir”. No tiene por qué serlo. Un cambio comienza en un cambio de actitud, y como dijo el poeta Guillaume Bouchet: “La verdadera nobleza se adquiere viviendo, y no naciendo”.

Aunque intenten hacerte sentir inferior, sabes que no lo eres. Eso es suficiente. Y te pueden desnudar, gritar y humillar, pero no pueden cambiar tu esencia. Y esa es la manera en la que podemos empezar a cambiar las cosas.

Espero hija que en el tricentenario esta pequeña carta suene a la voz de una vieja agria y resentida, en un país donde este tipo de cosas ya no ocurran, y donde puedas generar cambios y hacer un buen trabajo basándote sólo en tu capacidad, voluntad de hacer las cosas bien y espíritu de solidaridad.

martes, 17 de agosto de 2010

Feliz medio cumpleaños


Hoy mi hija cumple seis meses de vida. Si bien entiendo que a veces mis mecanismos de desahogo pueden sonar un poco pesimistas o antimaternales, hay una cosa que es cierta: amo a mi hija, he disfrutado cada segundo de estos seis meses que llevamos juntas (como dos individuos separados y no al estilo de muñecas rusas, una dentro de la otra), y sé que esta aventura que recién comienza va a ser la más maravillosa de todas.

Mi familia grande (mamá, papá, hermano) y mi nueva familia pequeña (Carlos, aunque supongo que luego Josefina también me lo dirá) suelen pedirme que aprenda a encender mi filtro. Temo que ese aparato que selecciona lo que conviene decir y lo que no, viene dañado de fábrica. Esa es una de las razones por las que mis opiniones pueden ser un poco negras a veces, sobre todo refiriéndose a un tema tan “rosa” como la maternidad.

La maternidad es dura, sobre todo el golpe de realidad que viene con el primer llanto de tu bebé. Un puñetazo de responsabilidad, sueño, miedo, ansiedad… pero también una oleada de amor inimaginable e inexpresable con palabras.

Sí, me habría gustado que alguien me dijera que este asunto no es tan rosa como lo pintan, que no todas somos mamás “barbies” ni dueñas de casa al estilo Martha Stewart. Pero una cosa está clara, ahora que llevo seis meses acostumbrándome al concepto y tratando de entender el carácter de mi hija, lo volvería a hacer. Cien veces (no cien hijos, sino que diría cien veces que sí a la misma hija… no tengo espíritu bíblico).

Nunca pensé amar tanto, ni ser capaz de entregar tanto. Nunca creí que un ser tan pequeñito lograra sacar cosas nuevas de mí, ni convertirme en una mejor persona, más segura de sí misma, más dulce y con una mayor capacidad de amar. Nunca pensé que una pequeña gritona y escandalosa me enseñaría tanto, aumentara mi capacidad de asombro y me hiciera volver a descubrir que el mundo es maravilloso, enorme y lleno de milagros, como este pequeño milagro que armamos con Carlos y que hoy cumple seis meses de vida.

jueves, 12 de agosto de 2010

Volver


Puede sonar repetido, pero es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Ahora, que estoy a menos de dos semanas de regresar al trabajo y de reventar esa burbuja perfecta y multicolor que creamos con Carlos y la Josefina, me doy cuenta de que ya han pasado casi seis meses desde que vi por primera vez esos pequeños ojitos curiosos (y escuché esa garganta poderosa).

En mi vida he tenido que enfrentar varios desafíos. Como todos. El primer día de clases, competencias varias, exámenes escolares, luego universitarios, búsquedas de trabajo, viajes, decisiones, parejas, rompimientos… pero creo estar segura de que nada se asemeja a esta sensación. Nada, ni siquiera el examen de grado en la universidad ni ese día en que me senté en un avión rumbo a España con más porfía que dinero.

No quiero romper la burbuja. No quiero dejar de despertar todos los días de una siesta con la manito de la Josefina apretándome la nariz. No quiero que otra persona le de su comida. No quiero que despierte y no me vea a su lado, o cerca. No quiero que llore y no estar ahí para decirle “ya pues Jose, no seas ridícula, pareces una guagua”. No quiero que diga sus primeras palabras y no poder escucharlas, o que aprenda a caminar sin que esté ahí. No quiero tantas cosas, pero tengo que hacerlo.

Ojo, que no es un “tengo” obligado. Existen maneras de prolongar este regreso al trabajo por meses, pero este deber no es por una norma externa, sino porque si le prometimos a la Josefina que haríamos todo para hacerla feliz, parte de esa felicidad es no aislarla y ayudarla a vivir de la mejor manera posible en el mundo en que le tocó nacer.

Si pensara sólo con el corazón, renunciaría al trabajo para entregarme completamente al día a día de la maternidad (y a veces lo he pensado, una trabajólica que odia a Martha Stewart y todo). Sumergida en un pequeño mundo perfecto donde yo soy todo para la Jose y ella es todo para mi, ambas bañadas por el aire fresco que trae Carlos entre ilustración e ilustración. Pero no sería justo para ninguno de nosotros.

Además, prolongar este verdadero corte de cordón umbilical sería más una agonía que otra cosa. Como caminar cientos de kilómetros por una ruta que sabemos que tarde o temprano llegará al punto que queremos evitar. Considerando además, con altas dosis de autocrítica, que por mucho que ame a mi hija hay cosas que definitivamente no se hacer, y hay personas mucho más capacitadas que yo que pueden ayudarla.

Ejemplos hay montones (y eso que la Jo sólo tiene cinco meses y algo). Me costó semanas entender el mecanismo de los piluchos, comprender cómo funcionan los pañales desechables. Todavía me amarro las manos para no tomarla en brazos cada vez que llora, sobre todo considerando que mi hija es una manipuladora en potencia desde el momento uno de vida. Aún no me atrevo con el cortaúñas, y desde que la Jose descubrió que puede pararse y ver las cosas desde otra perspectiva la cosa se aceleró. Ahora no basta moverle la “luna pollo” o “la negrita que suena” para calmarla, no, son necesarios verdaderos malabares. Un libro la entretiene 10 minutos, un baile sólo dura tres repeticiones, un juguete no es entretenido si no se lo echa a la boca o lo lanza (dos veces hemos visto con desesperación el mousse del computador de Carlos volar al final del opening de Ponyo o de Heidi). Y suma y sigue.

Mi hija aprende por segundo y hasta ahora nos hemos manejado bien usando el instinto, pero hay cosas importantes donde eso no siempre ayuda. Porque mi instinto me llama a protegerla de todas las cosas, pero sé, por experiencia, que no soy Wonder Woman (aunque me gustaría) y que tarde o temprano no voy a estar ahí para evitar que algo le pase. Si eso ocurre, ella va a tener que ocupar sus propias herramientas…. Y yo quiero darle todas las que sea posible.

Tarde o temprano mi hija va a tener su mundo y quiero ayudarla a construirlo. No entregarle un universo armado por mí.

Suena a auto convencimiento, pero realmente es producto de una reflexión larga. Porque si algo he tenido entre paseos, amamantamiento, hacerla dormir, bailes ridículos mientras cocino (sí, cocino casi todos los días) para que no se aburra, y malabarismos varios, es tiempo para pensar. Y como al mal paso darle prisa, ya me compré varios paquetes de pañuelos desechables, la acostumbré a comer cada cuatro horas, a dormir siesta a las horas de la sala cuna (conozco a mi hija, sé como llora y los vecinos de mi edificio también, así que más vale prevenir) … y aquí vamos Forita, a la verdadera rutina para salir a conocer el mundo y armar el tuyo propio.

jueves, 1 de julio de 2010

Josefina’s lessons


Como en un intensivo 10 en uno, así me he sentido en estos cuatro meses. Y sospecho que así me sentiré al menos en los próximos 15 años.

Aunque el balance es positivo desde cualquier perspectiva. A medida que siento que me crece el amor incondicional por ese conejo enano que me mira con ojos de sorpresa, me he paseado por estados de ánimo, emociones, momentos, y sobre todo aprendido cosas que ni sospechaba que desconocía.

Hasta el momento, estas son las diez lecciones más importantes (en una visión total y absolutamente subjetiva) que Josefina me ha enseñado entre risas, llantos, popós y leche.

I. Valorar lo simple.
Antes de la llegada de la Jose debo reconocer que era una persona con niveles crecientes de complejidad. Embutida en una rutina de locos, con tiempos que parecían de ciencia ficción y gustos cada vez más exquisitos (potenciados por una crianza marcada por un padre diseñador gráfico que me estimuló la visualidad y los enredos mentales desde el mes de vida), alcanzar buenos niveles de satisfacción se había convertido en una misión cada vez más agotadora (y monetariamente costosa).

Desde que mi hija salió al mundo por primera (y supongo que única) vez, he aprendido a valorar las pequeñas cosas que me hacen feliz, y que en medio de la esquizofrenia diaria se me habían olvidado. Por ejemplo, dormir más de cuatro horas seguidas. O lograr comer más de una hora sin interrupciones, conversar con Carlos, ver una película completa, llegar a tiempo para contestar el teléfono y que justo sea una persona con la que tenías ganas de conversar, lograr cerrar el botón de un pantalón que usaba antes del embarazo, beber un vaso de cerveza negra, escuchar la risa de la Josefina, descubrir que intenta sentarse sola, lograr hacer que se entretenga con una pelota durante más de 10 minutos para poder lavarme el pelo tranquila… y así la lista suma elementos cada día.

Para una mujer que no ha pasado aún por la maternidad esto que escribo puede sonar apocalíptico, pero les aseguro que no lo es. De hecho, bajar el umbral de satisfacción a niveles subcero es una manera reconfortante de recomenzar (y replantear) la vida con otra mirada.


II. Tener una mentalidad positiva y agradecer hasta las más pequeñas cosas.
Frente a lo explicado en el punto I, y luego de sobrevivir al primer mes del bebé, la risa comienza a fluir sola, y muchas veces en torbellinos. Me he sorprendido a mi misma con una sonrisa cuando la Jose hace popó por tercera vez en un mismo cambio de ropa. Suena increíble, pero supongo que es un mecanismo que tiene el cuerpo para no volvernos locas.
Recuerdo mi adolescencia y me da vergüenza la manera en la que me ahogaba en un ml. de agua durante semanas, e incluso meses, pensando tragedias y auto flagelándome por estupideces. Bastó que llegara una gritona de 60 cm. a mi vida para cambiar de un plumazo toda esa negrura autodestructiva en la que caía frecuentemente.

Cada vez que estoy sobrepasada, triste, o simplemente cansada, miro a mi hija y pienso que es un milagro tenerla ahí. Y agradezco… porque vive, porque me mira, porque escucha, porque es sana, sonríe, crece, y tiene una vida hermosa por delante.


III. Control de la ira.
El que me conoce bien sabe que cuando exploto es mejor estar con el traje antinuclear puesto. En estos cuatro meses he lanzado pañales por la ventana, chocado con muebles, pateado ropa, quemado comida, me bañé un pie en agua hirviendo, e incluso rosticé un dedo con el tostador de pan. Pero cada vez menos.

Hasta ahora nunca le he gritado a mi hija, y espero no hacerlo jamás. Estoy trabajando arduamente en este punto, sobre todo considerando que ella heredó ese maravilloso genio de mí y ya tiene un historial de escándalos de antología, que incluye el bloqueo karateka de un termómetro al momento de nacer, el espanto de una asistente de radiología al ser mini pateada, un escándalo en el mudador de pediatría, y el lanzamiento de varios baberos al suelo (con gesto dramático), entre otros.

IV. Redescubrir el mundo.
Cada vez que mi hija observa algo lo hace con ojos nuevos. Como si el universo completo se recreara cada vez que ella presta atención a sus detalles. Ya es casi costumbre entre ambas, que cada vez que vamos de paseo y ella mira fijamente algo, me acerco hacia su perspectiva y siempre, siempre, es algo hermoso… una luz, unas hojas, unas nubes, un movimiento, un color.
Ver el mundo a través de los ojos de quien lo conoce por primera vez es impagable. Hace que yo también me sienta un poco más nueva, un poco más limpia, y siempre sorprendida.
V. Perderle el miedo a la rutina.

Siempre la odié, pero ahora es mi mejor amiga. Gracias a las acciones repetitivas he logrado que Josefina entienda que cuando en la mañana le lavo la carita es hora de jugar, y cuando en la noche hacemos todo su ritual japonés de baño, pies, crema, canciones, bailes ridículos y pijama, es hora de dormir.

Altamente recomendable. Caer en una rutina te permite generar espacios de libertad más o menos estables.

VI. Aprender a flexibilizar mis tiempos y anhelos.
Si bien la rutina ayuda, siempre hay que estar atentas a los imprevistos. Solucionar detalles, que acumulados pueden ser un gran problema, se convierte en el pan de cada día.
De esta forma he aprendido a planificar una salida dos horas (mínimo) antes de la hora en la que tengo que llegar a un lugar, para sortear vómitos varios, popós, cambios de ropa inesperados, leche de último minuto, pérdida del pañito regalón, alcanzar a humanizarme un poco para salir a la calle, etc.

Acostumbrada a que todo, o casi todo se hiciera a mi manera y de la forma más perfecta posible, mi hija me ha ayudado a aprender a flexibilizar esos duros estándares de perfección.


VII. Descubrir barreras insospechadas de aguante.

Nunca antes me visualicé como madre y debo reconocer que ver vomitar a un bebé me daba un asco incontrolable, pero ahora me observo a mi misma limpiando el quesillo de mi hija con mis propios dedos, o sacando popó como si nada. No hay olor, no hay dolor.

También Josefina me ha ayudado a confiar en mi fortaleza. Luego de sortear con éxito un terremoto 8.8, una tarde en la que cambié cuatro pañales al hilo (atrasada a una hora con la pediatra), varias noches sin dormir, y ya incontables ocasiones en las que me vomitó la ropa en la puerta cuando estábamos por salir. O también cambios de pañales en lugares insospechados, un bus que se quedó parado en medio de Irarrázaval con las puertas cerradas… ahora me siento capaz de todo.

La idea de estar ahí para protegerla frente a todo convierte a cualquier mujer-madre en un Hulk en potencia.


VIII. Paciencia.
Yo, que no era capaz de esperar que bajara un archivo del computador por más de 10 minutos, ahora soy capaz de cantar una hora para que mi hija se duerma. Tan simple como eso (y enorme… nunca pensé que tendría paciencia para algo).


IX. Autoconocimiento.
Siguiendo atentamente los pasos del crecimiento de Josefina he podido recordar algunos momentos de mi infancia que me definieron, y reconocido gestos en ella que son idénticos a situaciones que arrastro hace más de 30 años. Un mal genio excesivo a la hora de dormir, explosiones de ira si me da hambre, una porfía a prueba de razonamientos, y la capacidad infinita de entretenerse con una hoja que cae o una luz que se cuela en un sitio interesante.

No nos parecemos mucho físicamente (hasta ahora), pero no se puede negar la herencia genética…

X. Valorar a las personas que están conmigo.
En este tipo de situaciones es cuando el valor de las personas que te rodea sale a flote. Como en esos exámenes donde tomas un líquido brillante y luego aparece destacado en el scanner, la luz de quienes te quieren de verdad brilla en estos momentos. Y se agradece. Profundamente.

jueves, 17 de junio de 2010

Sabia Naturaleza


Un gran amigo me dijo una vez que “cada niño es un milagro”. Y es cierto. No por una cosa cursi ni para decorar tarjetas de felicitaciones, sino por un tema de estadísticas. Una conjunción de ínfimas posibilidades, encajando y tomando forma… una fiesta, una primera mirada, una relación, sistemas funcionando, un espermatozoide justo en el momento y lugar precisos, un cuerpo receptor sano, una decisión, una célula, luego dos, luego miles tomando forma y uniéndose, sobreviviendo a cientos de obstáculos y pruebas durante nueve meses para salir después en un grito hacia su prueba más grande. Un milagro en todo el sentido de la palabra.

Hoy, cuando mi hija cumple cuatro meses funcionando en esta larga y angosta faja de tierra, me resulta gigantesco cada pequeño gesto. Basta una sonrisa para devolverme la fe en que todo puede pasar, y las cosas suceden por una razón que va más allá de nuestro control. Una sola mirada me hipnotiza y borra de un plumazo toda lógica en mi cerebro. Pero contra toda apuesta, sigo funcionando… y de manera relativamente digna.

Así, cuando estoy oculta tras una montaña de ropa sucia, debidamente separada por tonos y tipos, pensando en cómo lograr lavar los platos acumulados, ordenar mínimamente mi habitación, regresar a un nivel aceptable de normalidad el espacio de la Josefina, lavar separadamente su ropa con popós y quesillos varios, reorganizar sus juguetes, devolver a sus lugares mi ropa esparcida por el suelo de varios sitios (y ni hablar la de Carlos), además de tener algo de espacio para meditar o, si hay suerte, arreglarme un poco para lograr de una vez por todas sacarle a mi hija la radiografía de cadera … pienso. La Naturaleza sí que es una maldita ejecutiva brillante y maquinadora.

Porque dejando de lado toda lógica y planificación de mi cerebro, seguimos avanzando. Y en esos días, cuando creo que di diez pasos más allá de mi límite (como una tarde en que por descuido derramé la parafina en el balcón, me mojé piernas y zapatos y comencé a mojar los balcones de los departamentos de abajo, con el sonido del llanto de la Jose de fondo), justo cuando estoy a punto de pedir hora con un psicólogo o tomarme tres litros de cerveza en dos segundos, Josefina sonríe, me mira, y me desarma como un lego de tres partes.

Basta una mirada para que el cielo se despeje otra vez y mi cuerpo envíe sangre suficiente al cerebro como para pensar con claridad. Un gesto es suficiente para borrar todos los malos ratos, y con cada movimiento de sus manos, con cada uno de sus descubrimientos, agradezco que la Naturaleza sea una ejecutiva tan brillante, exacta y precisa.

Pienso en las miles de posibilidades que la trajeron, las millones de opciones que nos llevaron a su nacimiento y a formar nuestra pequeña familia. Las sinapsis, movimientos y mecanismos que confluyen cada día para hacer que mi hija crezca, aprenda, ría, se mueva, y poco a poco vaya ganando su espacio en el mundo. Y todo de un modo casi mágico, con hilos imperceptibles.

Sí, la Naturaleza es sabia… aunque a veces un poco cruel, hay que decirlo. Pero supongo que hasta ella se aburre a veces.

miércoles, 9 de junio de 2010

El miedo


Cada vez que me quedo embobada mirando cada sutil gesto de mi hija mientras duerme me pregunto, ¿cómo lo hicieron mis papás para dejarnos ir y crecer? ¿Cómo superaron ese espantoso miedo de ver sufrir a un hijo? Y ni hablar de la psicosis de imaginar que le pasan cosas terribles y que no estás ahí para ayudarlo…

Junto con todo el amor que viene con tu hijo, se agrega también un tremendo miedo a perderlo o verlo sufrir.

Suena bastante siútico puesto de esa manera, pero es un temor que ni siquiera Rambo supera tan fácil. Claro, porque Rambo se limpia las heridas con licor, les prende fuego y mantiene su cara-de-nada-con-la-boca-chueca porque no le teme a nada y todo lo supera. Pero Rambo nunca cambió un pañal, ni dio a luz, ni tuvo hijos (o sí, no se, no he visto todas las Rambos). El punto es que yo antes también era un poco así… no tan bruta, pero con la firme creencia de ser capaz de superar cualquier miedo momentáneo y salir airosa de la situación.

Eso hasta que un día sin querer le corté un pedazo de dedito a la Jo.

Suena bastante idiota, y pensándolo bien la situación entera lo fue. Pero pocas veces he llorado como el día en que me decidí a estrenar el cortaúñas de bebé que me regalaron.

Luego de meditarlo bastante, a los dos meses tomé la decisión de pasar al siguiente nivel y cortarle las uñas de las manos con un elemento cortopunzante real (ni hablar las de los pies... si los míos me cuestan aún). Después de un rato y de esperar que la Jo estuviera ligeramente dormida, comencé el proceso, muy segura de mis capacidades psicomotoras. Todo iba bien hasta la uña nueve, pero justo cuando pensaba que era la reina de la motricidad fina, la Jo se despertó, se movió… y corté un pedacito de su dedo.

Se me detuvo el corazón y me quedé mirando fijamente cuánto había cortado. Entonces comenzó a salir sangre. Era poca (de hecho no fue tanto lo que corté), pero suficiente como para congelarme y hacerme sentir la sádica más espantosa de pie sobre el planeta.

La Jo me miró con cara de pregunta y yo me puse a llorar como una idiota, y claro, ella se asustó y se puso a llorar también, y yo –doblemente idiota- pensé que lo hacía por su dedito y lloré más aún. Un espectáculo en aumento y que afortunadamente Carlos, con la mente más fría, se apresuró en terminar diciéndome que le diera un poco de leche para pasar a otra situación más amigable.

Lo más complejo es que por otro lado, la sociedad, las noticias, las películas y las historias del amigo-del-amigo hacen que ese miedo se alimente. Sobre todo si eres primeriza y nunca antes has tenido un encuentro con un bebé.

Así me he encontrado luchando conmigo misma para superar de alguna manera ese temor, para lograr que mi hija tenga una vida relativamente normal y no se avergüence de su madre. Así, he intentado dejar la costumbre de mojarme los dedos en mitad de la noche y ponerlos en la nariz de la Jo cuando duerme profundamente (para ver si respira). Entre otras ridiculeces que no vale la pena mencionar.

Ahora que soy mamá entiendo varias cosas, como cuando mi papá aparecía justo cuando estaba bailando un lento en mis primeras fiestas adolescentes para irme a buscar, o cuando se quedaba conversando con el papá del dueño de casa durante toda la fiesta, vigilando. O por qué mi mamá nunca fue a verme pelear en los torneos de Judo. De hecho, ahora que lo pienso bien, no sé cómo hice todo lo que hice sin dejarlos en la oficina del psiquiatra con un ataque de nervios.

Supongo que tendré que empezar a convivir con ese miedo, de manera de que la Jo pueda vivir una vida relativamente normal y plena, sin una loca siguiéndola a todas partes… ni siquiera para Rambo es una tarea fácil, y eso que supuestamente él no le teme a nada. Entréguenle un hijo y veamos cuánto le dura la valentía al hombre ese.

Mi tarea recién comienza. Y bueno, con respecto al cortaúñas, debo confesar que mi hija ya va a cumplir cuatro meses y sigo usando la lima…

domingo, 30 de mayo de 2010

El primer mes


El secreto mejor guardado de las madres es simple y terrible: la bienvenida a la maternidad es un viaje cercano a la pesadilla, una terapia de shock, una mezcla brutal de sensaciones, donde el paso de la alegría más indescriptible a las ganas de lanzarse por la ventana es tan pequeño como el límite entre la sanidad mental y la locura.

Al principio pensé que era mi visión, que algo andaba mal conmigo, que tal vez debería haber jugado más con muñecas en mi infancia o haber prestado más atención a los cursos para padres primerizos. Pero luego una amiga me lo confirmó, y después otra, y otra… como si alguien en algún lado les hubiera entregado el permiso legal para hablar sin ser objeto de penalización social. Todas, sin excepción, en un principio pensaron que no saldrían bien paradas de la experiencia maternal, o al menos no completamente cuerdas.

Relatos de noches interminables, momentos en los que lloraban junto con los bebés, visitas a la urgencia sólo porque el bebé no paraba de gritar, noches en vela, inseguridades, y el interminable ciclo caca-leche-gases-paseo-caca. Y la incertidumbre de “no saber”, que a mi parecer es lo más complicado de aceptar cuando eres una madre primeriza.

Porque así como nadie te cuenta con palabras duras los inicios a la maternidad, tampoco nadie te enseña a ser madre. No hay curso que sirva, ni consejo aplicable, porque cada bebé es único y parte de traerlo al mundo es lograr comprenderlo para poder satisfacerlo. Una labor que así explicada parece una locura, porque… ¿cómo satisfacer a alguien que no sabe lo que quiere, no sabe lo que hay disponible, y se expresa sólo con gritos?

Ese es el secreto mejor guardado del primer mes, y cada madre tiene que echar mano a todos sus recursos (madre, libros, paciencia, instinto, yoga, consejos de autoayuda, pareja –si tienes suerte- y ayuda divina).

Pero además hay otro punto que no me esperaba. El apego no es inmediato. O al menos no lo fue en mi caso. No se si fue que en el hospital donde tuve a mi hija fomentan el apego temprano, y la entregaron completamente a mi cuidado desde el minuto diez de nacida (dato al margen: Josefina nació a las 22.40 hrs, y alrededor de las 00.00 hrs ya estábamos las dos en la habitación, solas, y yo con ocho puntos en un lugar donde nunca imaginé tener puntos, hinchada, emocionada y con cero conocimiento de cómo poner un pañal), lo que me llenó de un pánico que no imaginé tener, o si es algo que a todas –o a varias- les pasa. El hecho es que de pronto me vi observando con terror a una personita junto a mi cama, y repitiéndome una y otra vez “es mi hija”, a ver si la idea se me metía en la cabeza.

Me daba rabia y tristeza, mezclada con miedo e incertidumbre. Cansada y sorprendida porque la experiencia no era como en las películas, donde el instinto aflora de inmediato y la mujer se convierte en madre ejemplar al instante. Yo trataba de poner “cara de madre” y hacer como si tomarla fuera facilísimo… pero la verdad es que estaba aterrada.

Desde que Josefina nació no dormí una noche completa hasta dos meses después. Aunque debo decir que el segundo mes ya tenía su ritmo y no me costó tanto, pero el primer mes fue un segundo parto. Particularmente nunca fui una niña de muñecas ni de pasear con coches, nunca soñé con casarme ni añoré acunar un bebé en mis brazos. Es más, nunca antes había tomado a un bebé. Jamás. Además, como la Jose es la primera nieta por ambos lados, a pesar de que su papá avisó que nos dejaran solos al menos dos semanas, tuve visitas viviendo en el departamento durante diez días, lo que acentuó mi ineptitud de madre primeriza.

Finalmente a los diez días nos quedamos los tres solos, la Jose, su papá y yo. Estaba congelada de miedo pero emocionada a la vez, porque al fin tendríamos un espacio solos para aprender a ser familia, crear una rutina y aceptar nuestros propios ritmos. Y entonces, esa noche alrededor de las 3 am, un terremoto 8.8 sacudió a Chile (8.5 en Santiago).

Lo curioso es que fue en ese momento, cuando pensé que se nos venía el edificio encima y estábamos los tres abrazados bajo el dintel de la puerta de la cocina, mientras una sinfonía de platos y vasos volando por los aires y aterrizando en el suelo nos acompañaba, donde el instinto nació. Ahí lo viví, lo respiré y me emocioné, porque ese terremoto sacó con fuerza y de un golpe a la mandíbula a la mamá que vivía dentro de mí.

Entonces también entendí por qué la pesadilla del primer mes es el secreto mejor guardado de las madres: porque no importa un carajo. Se pasa pésimo, es cierto, e incluso las que tienen la suerte de tener un marido o pareja que las ayude en esas noches interminables de llantos, chanchitos y pañales, se llevan encima el 80 o 90% de la carga del bebé. Pero también es en ese primer mes donde el lazo con él se fortalece, y al ver sus pequeños ojos fijarse en tu rostro, o su primera sonrisa, o sentir su manito como se agarra a tus dedos cuando un ruido muy fuerte lo asusta, se van borrando los momentos de frenesí histérico.

No es que no te lo quieran decir, es que simplemente se va olvidando, porque una vez que el vínculo se crea de inmediato se hace más fuerte, y un solo gesto borra 20 noches de mal dormir. Y bueno… también hay un poco de solidaridad femenina, hay que decirlo, porque ¿para qué asustar a la pobre que está a punto de tener a su bebé?… mejor que lo experimente por ella misma.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Post natal


Cuando a los dos meses de embarazo me diagnosticaron desprendimiento de placenta (por histérica), tuve que detenerme y tomar una decisión. Luego de una semana de manchitas rojas y de auto convencerme de que seguramente no era nada, cuando en la ecografía se veía claramente una parte de mi placenta desgarrada, tuve que sentarme y pensar.

Mi doctor fue claro: o me detenía completamente y me quedaba como un mueble durante dos semanas, o perdía al bebé. Y para mí, esa decisión fue dura.

Siempre he sido una persona que entrega el 200% por todo. Amo mi trabajo, me encanta la adrenalina, me emociona el sonido del celular colapsado y los triunfos me dan ganas de generar más triunfos. Además me gusta conocer siempre más, hacer mis tareas lo más perfectamente posible y capacitarme constantemente. Y así llegué a mi embarazo, a los 31 años, con una profesión, un postgrado en el extranjero, otro en Chile y varios cursos anexos incluyendo inglés.
Y cuando me dijeron “o te detienes o lo pierdes”, sinceramente, lo pensé. Un par de palabras dichas en el momento preciso y en correcto orden, me hicieron tomar la decisión y detuve las máquinas para ser madre.

Por eso ahora, cuando se plantea la discusión por la extensión del post natal a seis meses y veo que un grupo se opone considerando que le juega en contra a las mujeres trabajadoras, me da rabia. Porque yo me considero una mujer trabajadora (casi compulsivamente) y sí, extraño la adrenalina y a la gente y sentirme “socialmente” más útil para alguien más que para mi hija, pero YO tomé la decisión de traerla al mundo y soy responsable frente a ella de hacerlo de la mejor manera posible.

A los 84 días de nacida, mi hija no sabe ni siquiera sentarse sola y todo el alimento lo saca de mi humanidad (ni siquiera toma agua). Muchas de las personas que argumentan que el post natal de seis meses nos va a jugar en contra son madres, pero supongo que el 90% de ellas dejó a sus bebés a los 84 días con una persona de confianza en casa. Una nana, una enfermera, o su abuela. Pero yo, como madre trabajadora común y corriente, que recibe un sueldo normal, no puedo pagar a una nana o enfermera, y mi mamá (madre de una persona corriente) trabaja y no puede cuidarla. Solución: dejarla a los 84 días en el Jardín Infantil, cortar la lactancia y cruzar los dedos para que no se enferme demasiado.

Uno de los puntos que defienden como argumento es que los empresarios dejarán de contratar mujeres por esa potencial ausencia de seis meses. Creo que desechar la extensión del post natal por esa causa sería como vender el sofá de Don Otto. No se están viendo las bases… es un tema de educación. Si el día de mañana los empresarios deciden no contratarnos porque menstruamos una vez al mes y potencialmente seamos elementos de mal genio en la oficina, ¿qué haremos? ¿Vamos a dejar de menstruar?

Como mujeres tenemos el deber de cambiar el sistema, pero desde las bases, sin tener que retroceder tres pasos para avanzar uno. Yo soy mujer, madre y profesional, y me considero además una buena profesional, pero defiendo nuestro derecho a cuidar a nuestros hijos como lo merecen porque –seamos sinceras- nosotras decidimos tenerlos y es nuestra responsabilidad que tengan una vida de la mejor calidad posible.

Estoy de acuerdo en que es una responsabilidad de padre y madre, pero no seamos ingenuos… para que sea totalmente compartida tenemos mucho camino por recorrer y esa es la labor que debería preocuparnos por sobre los inmediatismos.

Por otro lado, la decisión de extender el post natal no es antojadiza. La respaldan organismos serios, que luego de años de estudio determinaron que un mayor tiempo del bebé con la madre puede ayudarnos a tener personas más sanas física y mentalmente. Según un estudio de septiembre de 2007 de la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), la lactancia por seis meses reduciría el impacto de 16 enfermedades en el niño o niña como leucemias, asma, muerte súbita, entre otras. Asimismo en términos prácticos significaría un ahorro de más de tres meses de salas cuna y las licencias (generalmente falsas) del segundo semestre disminuirían en un 50%.

Es más, en marzo de este año la Sochipe –uno de los principales impulsores de esta medida- y el Colegio Médico de Chile llamaron al Ejecutivo a enviar al Congreso Proyecto de Ley que garantice a las mujeres un post natal de seis meses. Entre sus argumentos destacaron que el costo económico que significaría para el Estado y los particulares la prolongación de un post natal, es ínfimo frente a los beneficios que se obtendrían en salud de los pequeños, menos licencias médicas por enfermedad del hijo menor de un año y la reducción de licencias no justificadas médicamente.

Si vamos a hacer las cosas, hagámoslas bien, de manera correcta desde la base. Personas más sanas, con bases sólidas desde su infancia, es una manera de hacer las cosas bien.

Mi hija ahora tiene tres meses y estoy demolida. Duermo poco, me duelen los brazos de tanto hacerla dormir, extraño la adrenalina y sentirme socialmente más útil, pero sé que vale la pena cuando veo que ella crece sana y feliz, y que el día de mañana va a poder luchar con mejores herramientas que las mías por una sociedad que nos valore como mujeres, trabajadoras y madres.

domingo, 2 de mayo de 2010

Primeriza


Una palabra que me quedó grabada el día en que nació Josefina fue “primeriza”. Como si a la vieja usanza me hubieran marcado una gran “P” escarlata en la cara. Matronas, enfermeras, auxiliares y médicos la repetían cada vez que me veían.
“Aaaaaah es primeriza”, cuando les decía que tenía contracciones cada cinco minutos. “La primeriza de ahí”, cuando mandaron por fin al anestesista. “Primeriza…” acompañada de una mueca cuando no lograba sacar los jodidos chanchitos de mi hija, luego de una hora de palmaditas en la espalda.
Pues sí, la Jo es mi primera hija. Sí, soy toda una primeriza… y sí, ya pasé la barrera de los 30. Además confieso que no tenía ni media idea de lo que era una contracción, nunca había tomado un bebé, menos cambiado un pañal, aún menos había sacado un chanchito (y jamás imaginé lo importante que se vuelven en la vida de una madre esos sonoros gases), y nunca comprendí cómo las madres tenían estómago para oler las caquitas de sus retoños, limpiar vómitos y sonreír luego de que una oleada de leche acuosa les caía en la blusa recién lavada.
El Día D en cuestión, o mejor dicho el Día Jo en mi caso, el espectáculo comenzó a las 2.00 hrs. con unos dolores desconocidos. Luego supe que esas eran las famosas contracciones, una especie de electricidad que comenzaba en la nuca, se expandía hasta mi cola e irradiaba todo por dentro y por fuera haciendo que terminara como un origami primerizo.
A las 5.00. hrs. Decidí que era el momento. Me sentía toda una valiente madre porque aún no había llorado con el dolor, podía caminar dignamente, e incluso me atreví a bajar las escaleras y salir a plena calle principal a tomar un taxi rumbo al hospital. Ingenua. Me devolvieron a las 6.00 hrs., humillada y con las primeras lágrimas de dolor asomándose.
Con cada golpe eléctrico recordaba con palabras cada vez más imposibles de reproducir la maldita manzana que Eva mordió y la serpiente, y Adán y toda esa cosa genesista que culpa a la mujer por los desastres de la humanidad y la castiga a cargar con un pedazo de humanidad nueve meses, tener los pies como bolsas llenas, terminar hecha un esperpento inflado, y por supuesto bíblicamente a “parir con dolor”.
Luego de la humillación, y con carta blanca para decir todas las malas palabras que existen en el diccionario y las que pudiera inventar, esperé junto a mi madre (que con mucha rabia escapa uno que otro “huevón” de su santa boca) que ocurrieran las benditas tres contracciones cada 10 minutos para ser un objeto embarazado válido para la admisión.
El momento llegó a las 15.00 hrs de ese día. Como un origami humillado y doloroso regresé, esta vez decidida a que me admitieran aunque tuviera que empezar a pujar en la misma puerta de la Secretaría.
Formularios y contracciones después, finalmente me ingresaron y comenzó la verdadera cuenta regresiva, que en nada se parece a las películas gringas. No grité, no golpeé a nadie, simplemente pedía más epidural cada vez que volvía a sentir los dedos de los pies. Y después de siete horas, cuando todas mis compañeras embarazadas ya habían tenido sus retoños y yo era la única parturienta en el lugar (y objeto de observación constante de los pobres estudiantes que no tenían a nadie más a quién mirar), Josefina se decidió a salir.
Fluidos, un par de gritos, un par de lágrimas, los llantos de mi hija desde el mismo interior de mis conductos (literalmente), la emoción de un padre ansioso, un poco de sangre, un poco de miedo, mucha alegría, y la sensación de que todo un nuevo escenario se comía mi vida anterior y me daba la bienvenida. A las 22.45 hrs. Me convertí en la primeriza humillada más feliz de ese segundo sobre el planeta.