martes, 3 de mayo de 2011

Feliz día del trabajo


Cuando escucho esa frase se me viene una marejada de ideas a la cabeza. Definición de qué es concretamente para la sociedad un trabajador, si es el día del trabajo o del trabajador… pero este domingo 1 º de mayo tuve un tema más fuerte: rabia.


No es que sea una novedad en mi vida. No soy un pequeño pony ni una princesa Disney (de los 40-50, en la época en que las princesas planteaban como rebeldía tomar acciones para encontrar a su marido perfecto), pero esta vez la rabia no fue por algo relacionado directamente conmigo, sino con mi hija. Y esa rabia si que es poderosa.


Luego de conciliar de alguna manera trabajo con una bebé de un año, de dormir como si me dieran un palo en la cabeza cada noche y tratar de ser lo mejor posible en varios aspectos de mi vida humana, principalmente trabajadora, madre y pareja (continúo en rodaje con respecto a la apariencia personal, en virtud de retomar la senda de la normalidad), de todas formas el sistema en el que están organizadas las cosas insiste en poner obstáculos.


Claro que el sistema es un idiota, porque al ponerte ruidos hace que te pongas alerta, y al despertarte deja ante tus ojos toda su estupidez.


El fin de semana, cuando nos preparábamos para el primer corte de pelo de Josefina, le noté algo extraño. Un gran cototo se asomaba a un lado de su carita. Cuento corto: no eran las muelas, ni las amígdalas ni nada normal, y como no era cannon ni tenía fiebre, la mandaron a urgencia a hacerse exámenes para descartar todas las fatalidades del mundo.


Una como madre (y el padre como padre, seamos justos), se imagina de todo. Y como la mente de para mucho, el bolsillo se abre con tal de que todo salga bien y que te digan de una vez por todas si lo que tiene tu hija es una estupidez o es algo serio. Generalmente es una tontera y una sale avergonzado y con los bolsillos pelados. Pero además en esta ocasión estuvimos más de cinco horas esperando, mientras los doctores conversaban de fútbol y sólo un médico radiólogo hacía los exámenes para todos los pacientes de urgencia.


Y no era un Hospital Público (LA vez que tuve que ir a uno público estuve seis horas con la mano reventada metida en una fuente con alcohol).


Finalmente la Jo estaba mejor que todos nosotros juntos. De hecho, mejoró su técnica para caminar, de puro aburrida. Pero a mi me hirvió la sangre.


Veamos… ¿dónde va exactamente el dinero de los impuestos? Porque si no malinterpreto las cosas, los seres humanos, sea cual sea nuestro origen y condición, tenemos derecho al menos a tres, como base: vida, salud, educación. Pero si yo, que me esfuerzo al 200% todos los días por trabajar de la mejor manera para contribuir a la sociedad, y pago mis impuestos, tengo que de todos modos esperar cinco o seis horas en una Urgencia Pediátrica por un examen, y pagar más de 60 mil pesos chilenos (120 dólares aprox.) por él, sin contar lo desembolsado por la consulta y los remedios… algo no me cuadra.


Si a esto le agregamos que de aquí en adelante tendré que pagar grandes sumas de dinero para tratar de garantizarle a mi hija un futuro, con una educación de calidad mediana (porque para una alta no me alcanza)… algo no me cuadra, again.


Claro, la respuesta es siempre mostrar la cantidad de colegios municipalizados gratuitos que existen, o los consultorios públicos. Señores… hablamos de calidad, no de limosnas. Nunca se logrará romper el círculo de la pobreza si se limitan a entregar servicios gratuitos menos que mediocres. Todos sabemos que en un gran porcentaje los niños y niñas que asisten a colegios municipalizados (no diré gratuitos, porque hay corporaciones privadas con establecimientos de alta calidad… pero ellos no dependen del Estado) sólo pueden acceder a trabajos sin mucha proyección. Y en el milagroso caso de que a alguno le diera el puntaje de la PSU para ingresar a una Universidad, seguramente no podría costearla, o tendría que endeudarse tres vidas para pagar la mensualidad (y las becas son un chiste, y sólo para un sector).
Eso sólo mirando la superficie. Y para qué hablar de la Salud…


Pero además, las clases medias no acceden fácilmente a servicios gratuitos, algunos por conciencia (me cuento entre esos ingenuos), al saber que al usarlos, pudiendo acceder a otro servicio, le quitan la oportunidad a alguien que realmente no tiene más alternativa. Otros porque por puntaje y demases simplemente no encajan en los parámetros de acceso. ¿Y qué se hace en ese caso? Pagar ¿Y si no hay dinero? Endeudarse.


Yo quiero que mi hija tenga una educación de calidad. Quiero que si ella se enferma la atiendan primero y pidan la plata después (o idealmente no la pidan y sea un servicio contemplado por un Gobierno realmente preocupado de su gente).


No soy ingenua, sé que cuesta un dineral. Sé que se ha avanzado harto también, pero mucho hay que casi pensarlo de nuevo, y sobre todo se necesita gente comprometida con lograr que esta ruta se enderece. Que hoy no exista un sistema “para todos” no significa que no sea posible.


Quiero no dormir angustiada pensando en cómo voy a pagar su educación, o en que si se enferma que no sea nada que no pueda pagar (a ese nivel!), o que no la juzguen por parámetros socioeconómicos, que cuando busque trabajo realmente vean su currículum y no sus contactos, apellido o facciones.


En fin. Eso pensé en este Día del Trabajo. Creo que esa es la lucha eterna, pero nunca está de más recordarla… al menos una vez al año.

sábado, 5 de marzo de 2011

Sólo se que nada sé


Esta semana Josefina empezó a asistir a su nueva Sala Cuna. Resumiré el largo proceso, que entre otras cosas me hizo sentir peor que la madrastra de Blanca Nieves (la saqué de su mundito que le costó seis meses armar), en tres razones: me queda al lado del departamento y otros la pueden ir a buscar en caso de emergencia, tengo la espalda que da pena por las caminatas de más de 20 min. de la sala cuna al metro, y si tiembla o llegan los extraterrestres, sólo yo estaré lejos y sólo yo tendré que preocuparme por buscar algún sistema para volver con la familia.

Suena fácil, pero fue todo un tema. Primero, por lo pérfida que me sentí, y segundo porque implicó hacer toda la burocracia de nuevo. Certificados, lista de útiles, acuerdos, y una ficha de inscripción que incluía varias cosas que me hicieron pensar bastante. Sólo por eso ya valió la pena el cambio.

En el documento me preguntaban cosas como de qué manera quiero enfrentar el tema de la existencia de Dios con mi hija, o cómo quiero que se le presente el proceso de nacimiento, el sexo, e incluso la muerte. Mi hija ni siquiera habla (sólo dice guau cuando ve un perro o cualquier otro animal, incluso pájaros), por lo que sinceramente no me había cuestionado temas tan relevantes. Sólo me he limitado a repetir como loro “maaaa-ma”, “paaaa-pa”, o “pe-lo-ta”, pero nunca algo como “Tú-vi-nis-te-de-una-se-mi-lli-ta-de-tu-pa-pá-con-a-mor”.

Punto para la nueva sala cuna.

Pero lejos lo que más me ha dado vueltas fue que tuve que explicitar si La Jo había nacido por parto normal o cesárea, de término o prematura. Lo segundo lo entiendo, pero lo primero nunca lo había pensado. Yo nací por cesárea y nunca he notado algo extraño en mí (que no note en otros miembros de mi familia… no estoy diciendo que sea tan canónicamente normal). Mi hija salió por parto normal, y cuando nació realmente entendí en toda su magnitud el concepto de “fue un parto tal cosa”, cuando se refieren a algo difícil, largo y doloroso. Claro que ahí falta “hermoso” y “emocionante”.

Me fui por las ramas. El punto es que me puse a pensar qué relevancia podría tener dejar explicitado el parto de mi hija. Y he estado en eso todo el día. Un sistema implica que el bebé ve una luz al final, creo, luego debe intentar seguirla, motivado por la curiosidad y los movimientos que la empujan a salir. La luz se hace cada vez más grande, no quiere salir pero ya no puede volver atrás, nunca en su vida vio la luz, pero entiende que es algo que va a cambiar las cosas, ve como se acerca y una mezcla extraña entre emoción, curiosidad y miedo debe formarse en su pequeña cabeza hasta que sale a algo extraño, seco, ruidoso, brillante, sus ojos apenas captan las sombras de muchas manos que la tocan… y llora.

Recuerdo que Josefina en sus primeras semanas, cuando empezaba a quedarse dormida le daban unos espasmos (yo por molestar le decía los “taldos”) y se afirmaba de los bordes del moisés. Hasta hoy creo que recordaba el traumante momento de nacer.

Ahora bien, con la cesárea la cosa es más rápida, con lo bueno y malo que eso implica. Está el bebé flotando en la tranquilidad de su útero, tratando de esquivar el cordón, que cada vez lo molesta más, cuando de pronto todo se llena de brillo, los ojos no alcanzan a ver más que blanco y unas cosas entran a su espacio de intimidad y lo sacan a la fuerza. “Déjenme acá” debe pensar, pero ya afuera, porque el proceso es veloz y al rato está con su mamá, pero por fuera.

Ambos procesos son inevitables, pero uno es como un camino curioso, atractivo, lento y desconcertante; mientras que el otro es rápido y sin tiempo para reaccionar. Tal vez ese sea el signo de los tiempos y la razón por la que hay tantas cesáreas hoy en día.

El punto es que dándole vueltas al tema releí Sandman, uno de mis cómic favoritos, y retomé la idea del ciclo eterno del cambio. El nacimiento como una pequeña muerte, un cambio de estación. Uno lento o uno rápido… ¿las tías sabrán algo que yo no sé? Seguro que sí.

domingo, 13 de febrero de 2011

Retroceder nunca, rendirse... bueno.


Una de las cosas que he aprendido este último tiempo con Josefina es a nunca confiarme. No es sólo eso del “no quitarle un ojo de encima” (y es en serio, al menor descuido es capaz de saltar de la cama), sino que cuando ya crees que tienes un tienes un tema dominado ella se encarga de demostrarte lo contrario. Con la mejor de las sonrisas.

Lo bueno es que, como dije en un post anterior, la naturaleza es tan sabia que espera a que te acostumbres a tu hij@, que asimiles su pequeña humanidad, para empezar a enviarte nuevos desafíos que requieren paciencia de manera directamente proporcional.

En un principio lo más complejo como madre primeriza no fue dejar de dormir o aprender a poner los pañales de manera veloz (o semidormida), sino interiorizar la idea de que esa cosita que lloraba y movía las extremidades era mi hija. Que era una persona, que integraba mi familia y que dependía de nosotros. Suena bestial, pero al menos para mi no fue automático.

No se en que momento nos convertimos realmente en tres (antes éramos dos y una invitada), pero cuando sucedió la vida se hizo mucho más fácil para todos.

Sin embargo, hay un punto en el que aún somos dos y en el que no transamos: la intimidad de pareja, que a estas alturas se reduce a dormir juntos. Sólo los dos, para mantener un espacio donde reencontrarnos y conversar temas que no sean HI-5 japoneses, pañales, la sala cuna o la nueva gracia de nuestra retoña. Un lugar donde nos perdonáramos esas rabietas que vienen cuando la paciencia se agota, donde al menos por una noche volviéramos a ser el par de ingenuos que se conoció una noche de Halloween.

Y cuando creíamos que lo teníamos dominado, luego de vanagloriarnos frente a los padres que no lograban hacer que sus bebés durmieran al menos en cama separada, una faringitis nos hizo retroceder cinco casillas y caer en un tobogán que nos llevó al inicio del juego. Maldito virus mutante de verano, maldito aire acondicionado de supermercado, maldito calor, maldita ingenuidad. Lección: NUNCA bajes la guardia porque tu hijo siempre tendrá una sorpresa bajo la manga.

Todo comenzó como siempre, una fiebre repentina, una noche sin dormir, una visita al pediatra. No contábamos con que cuando crecen aprenden también a discernir qué les gusta y qué no, y a manifestarlo. Mi hija se sentía mal, nunca la había visto así. Antes cuando se enfermaba, debo admitir con algo de vergüenza que era un pequeño alivio, porque sus revoluciones se reducían al mínimo de sólo dormir. Ahora fue muy distinto: le dolía y lo hizo notar.

Tres noches sin dormir después descubrimos que lo único que la calmaba eran los abrazos. La única manera de que durmiera (y por ende nosotros también) era acurrucándonos. Error. Sí, logramos dormir, pero luego cuando la fiebre pasó e intentamos ponerla en su cuna, no hubo manera. Era como si tuviera una alarma de cuna incorporada, bastaba con intentarlo para que los decibeles rompieran la barrera de lo soportable.

Ahora estamos en una disyuntiva: dormir o pasar varias noches en vela hasta que aprenda (nuevamente) que ella tiene su propio espacio.

A casi un año de vivir como familia, volvemos al punto cero en materia de camas. No quiere salir de la nuestra. Simplemente le gustó y lo va a defender con uñas y sus seis dientes (de hecho para que dejáramos de intentarlo, a las 4 am pasó sábanas y colchón con todo lo que se pueden pasar). Ahora nos preparamos para pasar unas dos noches escuchando su llanto, hasta que se acostumbre nuevamente a la cuna. Terapia de shock para los tres y para todo el edificio.

Al menos aprendimos que hay cosas que no se deben hacer, y que esa personita, por muy indefensa que parezca, ya sabe lo que quiere.