jueves, 17 de junio de 2010

Sabia Naturaleza


Un gran amigo me dijo una vez que “cada niño es un milagro”. Y es cierto. No por una cosa cursi ni para decorar tarjetas de felicitaciones, sino por un tema de estadísticas. Una conjunción de ínfimas posibilidades, encajando y tomando forma… una fiesta, una primera mirada, una relación, sistemas funcionando, un espermatozoide justo en el momento y lugar precisos, un cuerpo receptor sano, una decisión, una célula, luego dos, luego miles tomando forma y uniéndose, sobreviviendo a cientos de obstáculos y pruebas durante nueve meses para salir después en un grito hacia su prueba más grande. Un milagro en todo el sentido de la palabra.

Hoy, cuando mi hija cumple cuatro meses funcionando en esta larga y angosta faja de tierra, me resulta gigantesco cada pequeño gesto. Basta una sonrisa para devolverme la fe en que todo puede pasar, y las cosas suceden por una razón que va más allá de nuestro control. Una sola mirada me hipnotiza y borra de un plumazo toda lógica en mi cerebro. Pero contra toda apuesta, sigo funcionando… y de manera relativamente digna.

Así, cuando estoy oculta tras una montaña de ropa sucia, debidamente separada por tonos y tipos, pensando en cómo lograr lavar los platos acumulados, ordenar mínimamente mi habitación, regresar a un nivel aceptable de normalidad el espacio de la Josefina, lavar separadamente su ropa con popós y quesillos varios, reorganizar sus juguetes, devolver a sus lugares mi ropa esparcida por el suelo de varios sitios (y ni hablar la de Carlos), además de tener algo de espacio para meditar o, si hay suerte, arreglarme un poco para lograr de una vez por todas sacarle a mi hija la radiografía de cadera … pienso. La Naturaleza sí que es una maldita ejecutiva brillante y maquinadora.

Porque dejando de lado toda lógica y planificación de mi cerebro, seguimos avanzando. Y en esos días, cuando creo que di diez pasos más allá de mi límite (como una tarde en que por descuido derramé la parafina en el balcón, me mojé piernas y zapatos y comencé a mojar los balcones de los departamentos de abajo, con el sonido del llanto de la Jose de fondo), justo cuando estoy a punto de pedir hora con un psicólogo o tomarme tres litros de cerveza en dos segundos, Josefina sonríe, me mira, y me desarma como un lego de tres partes.

Basta una mirada para que el cielo se despeje otra vez y mi cuerpo envíe sangre suficiente al cerebro como para pensar con claridad. Un gesto es suficiente para borrar todos los malos ratos, y con cada movimiento de sus manos, con cada uno de sus descubrimientos, agradezco que la Naturaleza sea una ejecutiva tan brillante, exacta y precisa.

Pienso en las miles de posibilidades que la trajeron, las millones de opciones que nos llevaron a su nacimiento y a formar nuestra pequeña familia. Las sinapsis, movimientos y mecanismos que confluyen cada día para hacer que mi hija crezca, aprenda, ría, se mueva, y poco a poco vaya ganando su espacio en el mundo. Y todo de un modo casi mágico, con hilos imperceptibles.

Sí, la Naturaleza es sabia… aunque a veces un poco cruel, hay que decirlo. Pero supongo que hasta ella se aburre a veces.

miércoles, 9 de junio de 2010

El miedo


Cada vez que me quedo embobada mirando cada sutil gesto de mi hija mientras duerme me pregunto, ¿cómo lo hicieron mis papás para dejarnos ir y crecer? ¿Cómo superaron ese espantoso miedo de ver sufrir a un hijo? Y ni hablar de la psicosis de imaginar que le pasan cosas terribles y que no estás ahí para ayudarlo…

Junto con todo el amor que viene con tu hijo, se agrega también un tremendo miedo a perderlo o verlo sufrir.

Suena bastante siútico puesto de esa manera, pero es un temor que ni siquiera Rambo supera tan fácil. Claro, porque Rambo se limpia las heridas con licor, les prende fuego y mantiene su cara-de-nada-con-la-boca-chueca porque no le teme a nada y todo lo supera. Pero Rambo nunca cambió un pañal, ni dio a luz, ni tuvo hijos (o sí, no se, no he visto todas las Rambos). El punto es que yo antes también era un poco así… no tan bruta, pero con la firme creencia de ser capaz de superar cualquier miedo momentáneo y salir airosa de la situación.

Eso hasta que un día sin querer le corté un pedazo de dedito a la Jo.

Suena bastante idiota, y pensándolo bien la situación entera lo fue. Pero pocas veces he llorado como el día en que me decidí a estrenar el cortaúñas de bebé que me regalaron.

Luego de meditarlo bastante, a los dos meses tomé la decisión de pasar al siguiente nivel y cortarle las uñas de las manos con un elemento cortopunzante real (ni hablar las de los pies... si los míos me cuestan aún). Después de un rato y de esperar que la Jo estuviera ligeramente dormida, comencé el proceso, muy segura de mis capacidades psicomotoras. Todo iba bien hasta la uña nueve, pero justo cuando pensaba que era la reina de la motricidad fina, la Jo se despertó, se movió… y corté un pedacito de su dedo.

Se me detuvo el corazón y me quedé mirando fijamente cuánto había cortado. Entonces comenzó a salir sangre. Era poca (de hecho no fue tanto lo que corté), pero suficiente como para congelarme y hacerme sentir la sádica más espantosa de pie sobre el planeta.

La Jo me miró con cara de pregunta y yo me puse a llorar como una idiota, y claro, ella se asustó y se puso a llorar también, y yo –doblemente idiota- pensé que lo hacía por su dedito y lloré más aún. Un espectáculo en aumento y que afortunadamente Carlos, con la mente más fría, se apresuró en terminar diciéndome que le diera un poco de leche para pasar a otra situación más amigable.

Lo más complejo es que por otro lado, la sociedad, las noticias, las películas y las historias del amigo-del-amigo hacen que ese miedo se alimente. Sobre todo si eres primeriza y nunca antes has tenido un encuentro con un bebé.

Así me he encontrado luchando conmigo misma para superar de alguna manera ese temor, para lograr que mi hija tenga una vida relativamente normal y no se avergüence de su madre. Así, he intentado dejar la costumbre de mojarme los dedos en mitad de la noche y ponerlos en la nariz de la Jo cuando duerme profundamente (para ver si respira). Entre otras ridiculeces que no vale la pena mencionar.

Ahora que soy mamá entiendo varias cosas, como cuando mi papá aparecía justo cuando estaba bailando un lento en mis primeras fiestas adolescentes para irme a buscar, o cuando se quedaba conversando con el papá del dueño de casa durante toda la fiesta, vigilando. O por qué mi mamá nunca fue a verme pelear en los torneos de Judo. De hecho, ahora que lo pienso bien, no sé cómo hice todo lo que hice sin dejarlos en la oficina del psiquiatra con un ataque de nervios.

Supongo que tendré que empezar a convivir con ese miedo, de manera de que la Jo pueda vivir una vida relativamente normal y plena, sin una loca siguiéndola a todas partes… ni siquiera para Rambo es una tarea fácil, y eso que supuestamente él no le teme a nada. Entréguenle un hijo y veamos cuánto le dura la valentía al hombre ese.

Mi tarea recién comienza. Y bueno, con respecto al cortaúñas, debo confesar que mi hija ya va a cumplir cuatro meses y sigo usando la lima…