
El secreto mejor guardado de las madres es simple y terrible: la bienvenida a la maternidad es un viaje cercano a la pesadilla, una terapia de shock, una mezcla brutal de sensaciones, donde el paso de la alegría más indescriptible a las ganas de lanzarse por la ventana es tan pequeño como el límite entre la sanidad mental y la locura.
Al principio pensé que era mi visión, que algo andaba mal conmigo, que tal vez debería haber jugado más con muñecas en mi infancia o haber prestado más atención a los cursos para padres primerizos. Pero luego una amiga me lo confirmó, y después otra, y otra… como si alguien en algún lado les hubiera entregado el permiso legal para hablar sin ser objeto de penalización social. Todas, sin excepción, en un principio pensaron que no saldrían bien paradas de la experiencia maternal, o al menos no completamente cuerdas.
Relatos de noches interminables, momentos en los que lloraban junto con los bebés, visitas a la urgencia sólo porque el bebé no paraba de gritar, noches en vela, inseguridades, y el interminable ciclo caca-leche-gases-paseo-caca. Y la incertidumbre de “no saber”, que a mi parecer es lo más complicado de aceptar cuando eres una madre primeriza.
Porque así como nadie te cuenta con palabras duras los inicios a la maternidad, tampoco nadie te enseña a ser madre. No hay curso que sirva, ni consejo aplicable, porque cada bebé es único y parte de traerlo al mundo es lograr comprenderlo para poder satisfacerlo. Una labor que así explicada parece una locura, porque… ¿cómo satisfacer a alguien que no sabe lo que quiere, no sabe lo que hay disponible, y se expresa sólo con gritos?
Ese es el secreto mejor guardado del primer mes, y cada madre tiene que echar mano a todos sus recursos (madre, libros, paciencia, instinto, yoga, consejos de autoayuda, pareja –si tienes suerte- y ayuda divina).
Pero además hay otro punto que no me esperaba. El apego no es inmediato. O al menos no lo fue en mi caso. No se si fue que en el hospital donde tuve a mi hija fomentan el apego temprano, y la entregaron completamente a mi cuidado desde el minuto diez de nacida (dato al margen: Josefina nació a las 22.40 hrs, y alrededor de las 00.00 hrs ya estábamos las dos en la habitación, solas, y yo con ocho puntos en un lugar donde nunca imaginé tener puntos, hinchada, emocionada y con cero conocimiento de cómo poner un pañal), lo que me llenó de un pánico que no imaginé tener, o si es algo que a todas –o a varias- les pasa. El hecho es que de pronto me vi observando con terror a una personita junto a mi cama, y repitiéndome una y otra vez “es mi hija”, a ver si la idea se me metía en la cabeza.
Me daba rabia y tristeza, mezclada con miedo e incertidumbre. Cansada y sorprendida porque la experiencia no era como en las películas, donde el instinto aflora de inmediato y la mujer se convierte en madre ejemplar al instante. Yo trataba de poner “cara de madre” y hacer como si tomarla fuera facilísimo… pero la verdad es que estaba aterrada.
Desde que Josefina nació no dormí una noche completa hasta dos meses después. Aunque debo decir que el segundo mes ya tenía su ritmo y no me costó tanto, pero el primer mes fue un segundo parto. Particularmente nunca fui una niña de muñecas ni de pasear con coches, nunca soñé con casarme ni añoré acunar un bebé en mis brazos. Es más, nunca antes había tomado a un bebé. Jamás. Además, como la Jose es la primera nieta por ambos lados, a pesar de que su papá avisó que nos dejaran solos al menos dos semanas, tuve visitas viviendo en el departamento durante diez días, lo que acentuó mi ineptitud de madre primeriza.
Finalmente a los diez días nos quedamos los tres solos, la Jose, su papá y yo. Estaba congelada de miedo pero emocionada a la vez, porque al fin tendríamos un espacio solos para aprender a ser familia, crear una rutina y aceptar nuestros propios ritmos. Y entonces, esa noche alrededor de las 3 am, un terremoto 8.8 sacudió a Chile (8.5 en Santiago).
Lo curioso es que fue en ese momento, cuando pensé que se nos venía el edificio encima y estábamos los tres abrazados bajo el dintel de la puerta de la cocina, mientras una sinfonía de platos y vasos volando por los aires y aterrizando en el suelo nos acompañaba, donde el instinto nació. Ahí lo viví, lo respiré y me emocioné, porque ese terremoto sacó con fuerza y de un golpe a la mandíbula a la mamá que vivía dentro de mí.
Entonces también entendí por qué la pesadilla del primer mes es el secreto mejor guardado de las madres: porque no importa un carajo. Se pasa pésimo, es cierto, e incluso las que tienen la suerte de tener un marido o pareja que las ayude en esas noches interminables de llantos, chanchitos y pañales, se llevan encima el 80 o 90% de la carga del bebé. Pero también es en ese primer mes donde el lazo con él se fortalece, y al ver sus pequeños ojos fijarse en tu rostro, o su primera sonrisa, o sentir su manito como se agarra a tus dedos cuando un ruido muy fuerte lo asusta, se van borrando los momentos de frenesí histérico.
No es que no te lo quieran decir, es que simplemente se va olvidando, porque una vez que el vínculo se crea de inmediato se hace más fuerte, y un solo gesto borra 20 noches de mal dormir. Y bueno… también hay un poco de solidaridad femenina, hay que decirlo, porque ¿para qué asustar a la pobre que está a punto de tener a su bebé?… mejor que lo experimente por ella misma.
Al principio pensé que era mi visión, que algo andaba mal conmigo, que tal vez debería haber jugado más con muñecas en mi infancia o haber prestado más atención a los cursos para padres primerizos. Pero luego una amiga me lo confirmó, y después otra, y otra… como si alguien en algún lado les hubiera entregado el permiso legal para hablar sin ser objeto de penalización social. Todas, sin excepción, en un principio pensaron que no saldrían bien paradas de la experiencia maternal, o al menos no completamente cuerdas.
Relatos de noches interminables, momentos en los que lloraban junto con los bebés, visitas a la urgencia sólo porque el bebé no paraba de gritar, noches en vela, inseguridades, y el interminable ciclo caca-leche-gases-paseo-caca. Y la incertidumbre de “no saber”, que a mi parecer es lo más complicado de aceptar cuando eres una madre primeriza.
Porque así como nadie te cuenta con palabras duras los inicios a la maternidad, tampoco nadie te enseña a ser madre. No hay curso que sirva, ni consejo aplicable, porque cada bebé es único y parte de traerlo al mundo es lograr comprenderlo para poder satisfacerlo. Una labor que así explicada parece una locura, porque… ¿cómo satisfacer a alguien que no sabe lo que quiere, no sabe lo que hay disponible, y se expresa sólo con gritos?
Ese es el secreto mejor guardado del primer mes, y cada madre tiene que echar mano a todos sus recursos (madre, libros, paciencia, instinto, yoga, consejos de autoayuda, pareja –si tienes suerte- y ayuda divina).
Pero además hay otro punto que no me esperaba. El apego no es inmediato. O al menos no lo fue en mi caso. No se si fue que en el hospital donde tuve a mi hija fomentan el apego temprano, y la entregaron completamente a mi cuidado desde el minuto diez de nacida (dato al margen: Josefina nació a las 22.40 hrs, y alrededor de las 00.00 hrs ya estábamos las dos en la habitación, solas, y yo con ocho puntos en un lugar donde nunca imaginé tener puntos, hinchada, emocionada y con cero conocimiento de cómo poner un pañal), lo que me llenó de un pánico que no imaginé tener, o si es algo que a todas –o a varias- les pasa. El hecho es que de pronto me vi observando con terror a una personita junto a mi cama, y repitiéndome una y otra vez “es mi hija”, a ver si la idea se me metía en la cabeza.
Me daba rabia y tristeza, mezclada con miedo e incertidumbre. Cansada y sorprendida porque la experiencia no era como en las películas, donde el instinto aflora de inmediato y la mujer se convierte en madre ejemplar al instante. Yo trataba de poner “cara de madre” y hacer como si tomarla fuera facilísimo… pero la verdad es que estaba aterrada.
Desde que Josefina nació no dormí una noche completa hasta dos meses después. Aunque debo decir que el segundo mes ya tenía su ritmo y no me costó tanto, pero el primer mes fue un segundo parto. Particularmente nunca fui una niña de muñecas ni de pasear con coches, nunca soñé con casarme ni añoré acunar un bebé en mis brazos. Es más, nunca antes había tomado a un bebé. Jamás. Además, como la Jose es la primera nieta por ambos lados, a pesar de que su papá avisó que nos dejaran solos al menos dos semanas, tuve visitas viviendo en el departamento durante diez días, lo que acentuó mi ineptitud de madre primeriza.
Finalmente a los diez días nos quedamos los tres solos, la Jose, su papá y yo. Estaba congelada de miedo pero emocionada a la vez, porque al fin tendríamos un espacio solos para aprender a ser familia, crear una rutina y aceptar nuestros propios ritmos. Y entonces, esa noche alrededor de las 3 am, un terremoto 8.8 sacudió a Chile (8.5 en Santiago).
Lo curioso es que fue en ese momento, cuando pensé que se nos venía el edificio encima y estábamos los tres abrazados bajo el dintel de la puerta de la cocina, mientras una sinfonía de platos y vasos volando por los aires y aterrizando en el suelo nos acompañaba, donde el instinto nació. Ahí lo viví, lo respiré y me emocioné, porque ese terremoto sacó con fuerza y de un golpe a la mandíbula a la mamá que vivía dentro de mí.
Entonces también entendí por qué la pesadilla del primer mes es el secreto mejor guardado de las madres: porque no importa un carajo. Se pasa pésimo, es cierto, e incluso las que tienen la suerte de tener un marido o pareja que las ayude en esas noches interminables de llantos, chanchitos y pañales, se llevan encima el 80 o 90% de la carga del bebé. Pero también es en ese primer mes donde el lazo con él se fortalece, y al ver sus pequeños ojos fijarse en tu rostro, o su primera sonrisa, o sentir su manito como se agarra a tus dedos cuando un ruido muy fuerte lo asusta, se van borrando los momentos de frenesí histérico.
No es que no te lo quieran decir, es que simplemente se va olvidando, porque una vez que el vínculo se crea de inmediato se hace más fuerte, y un solo gesto borra 20 noches de mal dormir. Y bueno… también hay un poco de solidaridad femenina, hay que decirlo, porque ¿para qué asustar a la pobre que está a punto de tener a su bebé?… mejor que lo experimente por ella misma.


