domingo, 30 de mayo de 2010

El primer mes


El secreto mejor guardado de las madres es simple y terrible: la bienvenida a la maternidad es un viaje cercano a la pesadilla, una terapia de shock, una mezcla brutal de sensaciones, donde el paso de la alegría más indescriptible a las ganas de lanzarse por la ventana es tan pequeño como el límite entre la sanidad mental y la locura.

Al principio pensé que era mi visión, que algo andaba mal conmigo, que tal vez debería haber jugado más con muñecas en mi infancia o haber prestado más atención a los cursos para padres primerizos. Pero luego una amiga me lo confirmó, y después otra, y otra… como si alguien en algún lado les hubiera entregado el permiso legal para hablar sin ser objeto de penalización social. Todas, sin excepción, en un principio pensaron que no saldrían bien paradas de la experiencia maternal, o al menos no completamente cuerdas.

Relatos de noches interminables, momentos en los que lloraban junto con los bebés, visitas a la urgencia sólo porque el bebé no paraba de gritar, noches en vela, inseguridades, y el interminable ciclo caca-leche-gases-paseo-caca. Y la incertidumbre de “no saber”, que a mi parecer es lo más complicado de aceptar cuando eres una madre primeriza.

Porque así como nadie te cuenta con palabras duras los inicios a la maternidad, tampoco nadie te enseña a ser madre. No hay curso que sirva, ni consejo aplicable, porque cada bebé es único y parte de traerlo al mundo es lograr comprenderlo para poder satisfacerlo. Una labor que así explicada parece una locura, porque… ¿cómo satisfacer a alguien que no sabe lo que quiere, no sabe lo que hay disponible, y se expresa sólo con gritos?

Ese es el secreto mejor guardado del primer mes, y cada madre tiene que echar mano a todos sus recursos (madre, libros, paciencia, instinto, yoga, consejos de autoayuda, pareja –si tienes suerte- y ayuda divina).

Pero además hay otro punto que no me esperaba. El apego no es inmediato. O al menos no lo fue en mi caso. No se si fue que en el hospital donde tuve a mi hija fomentan el apego temprano, y la entregaron completamente a mi cuidado desde el minuto diez de nacida (dato al margen: Josefina nació a las 22.40 hrs, y alrededor de las 00.00 hrs ya estábamos las dos en la habitación, solas, y yo con ocho puntos en un lugar donde nunca imaginé tener puntos, hinchada, emocionada y con cero conocimiento de cómo poner un pañal), lo que me llenó de un pánico que no imaginé tener, o si es algo que a todas –o a varias- les pasa. El hecho es que de pronto me vi observando con terror a una personita junto a mi cama, y repitiéndome una y otra vez “es mi hija”, a ver si la idea se me metía en la cabeza.

Me daba rabia y tristeza, mezclada con miedo e incertidumbre. Cansada y sorprendida porque la experiencia no era como en las películas, donde el instinto aflora de inmediato y la mujer se convierte en madre ejemplar al instante. Yo trataba de poner “cara de madre” y hacer como si tomarla fuera facilísimo… pero la verdad es que estaba aterrada.

Desde que Josefina nació no dormí una noche completa hasta dos meses después. Aunque debo decir que el segundo mes ya tenía su ritmo y no me costó tanto, pero el primer mes fue un segundo parto. Particularmente nunca fui una niña de muñecas ni de pasear con coches, nunca soñé con casarme ni añoré acunar un bebé en mis brazos. Es más, nunca antes había tomado a un bebé. Jamás. Además, como la Jose es la primera nieta por ambos lados, a pesar de que su papá avisó que nos dejaran solos al menos dos semanas, tuve visitas viviendo en el departamento durante diez días, lo que acentuó mi ineptitud de madre primeriza.

Finalmente a los diez días nos quedamos los tres solos, la Jose, su papá y yo. Estaba congelada de miedo pero emocionada a la vez, porque al fin tendríamos un espacio solos para aprender a ser familia, crear una rutina y aceptar nuestros propios ritmos. Y entonces, esa noche alrededor de las 3 am, un terremoto 8.8 sacudió a Chile (8.5 en Santiago).

Lo curioso es que fue en ese momento, cuando pensé que se nos venía el edificio encima y estábamos los tres abrazados bajo el dintel de la puerta de la cocina, mientras una sinfonía de platos y vasos volando por los aires y aterrizando en el suelo nos acompañaba, donde el instinto nació. Ahí lo viví, lo respiré y me emocioné, porque ese terremoto sacó con fuerza y de un golpe a la mandíbula a la mamá que vivía dentro de mí.

Entonces también entendí por qué la pesadilla del primer mes es el secreto mejor guardado de las madres: porque no importa un carajo. Se pasa pésimo, es cierto, e incluso las que tienen la suerte de tener un marido o pareja que las ayude en esas noches interminables de llantos, chanchitos y pañales, se llevan encima el 80 o 90% de la carga del bebé. Pero también es en ese primer mes donde el lazo con él se fortalece, y al ver sus pequeños ojos fijarse en tu rostro, o su primera sonrisa, o sentir su manito como se agarra a tus dedos cuando un ruido muy fuerte lo asusta, se van borrando los momentos de frenesí histérico.

No es que no te lo quieran decir, es que simplemente se va olvidando, porque una vez que el vínculo se crea de inmediato se hace más fuerte, y un solo gesto borra 20 noches de mal dormir. Y bueno… también hay un poco de solidaridad femenina, hay que decirlo, porque ¿para qué asustar a la pobre que está a punto de tener a su bebé?… mejor que lo experimente por ella misma.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Post natal


Cuando a los dos meses de embarazo me diagnosticaron desprendimiento de placenta (por histérica), tuve que detenerme y tomar una decisión. Luego de una semana de manchitas rojas y de auto convencerme de que seguramente no era nada, cuando en la ecografía se veía claramente una parte de mi placenta desgarrada, tuve que sentarme y pensar.

Mi doctor fue claro: o me detenía completamente y me quedaba como un mueble durante dos semanas, o perdía al bebé. Y para mí, esa decisión fue dura.

Siempre he sido una persona que entrega el 200% por todo. Amo mi trabajo, me encanta la adrenalina, me emociona el sonido del celular colapsado y los triunfos me dan ganas de generar más triunfos. Además me gusta conocer siempre más, hacer mis tareas lo más perfectamente posible y capacitarme constantemente. Y así llegué a mi embarazo, a los 31 años, con una profesión, un postgrado en el extranjero, otro en Chile y varios cursos anexos incluyendo inglés.
Y cuando me dijeron “o te detienes o lo pierdes”, sinceramente, lo pensé. Un par de palabras dichas en el momento preciso y en correcto orden, me hicieron tomar la decisión y detuve las máquinas para ser madre.

Por eso ahora, cuando se plantea la discusión por la extensión del post natal a seis meses y veo que un grupo se opone considerando que le juega en contra a las mujeres trabajadoras, me da rabia. Porque yo me considero una mujer trabajadora (casi compulsivamente) y sí, extraño la adrenalina y a la gente y sentirme “socialmente” más útil para alguien más que para mi hija, pero YO tomé la decisión de traerla al mundo y soy responsable frente a ella de hacerlo de la mejor manera posible.

A los 84 días de nacida, mi hija no sabe ni siquiera sentarse sola y todo el alimento lo saca de mi humanidad (ni siquiera toma agua). Muchas de las personas que argumentan que el post natal de seis meses nos va a jugar en contra son madres, pero supongo que el 90% de ellas dejó a sus bebés a los 84 días con una persona de confianza en casa. Una nana, una enfermera, o su abuela. Pero yo, como madre trabajadora común y corriente, que recibe un sueldo normal, no puedo pagar a una nana o enfermera, y mi mamá (madre de una persona corriente) trabaja y no puede cuidarla. Solución: dejarla a los 84 días en el Jardín Infantil, cortar la lactancia y cruzar los dedos para que no se enferme demasiado.

Uno de los puntos que defienden como argumento es que los empresarios dejarán de contratar mujeres por esa potencial ausencia de seis meses. Creo que desechar la extensión del post natal por esa causa sería como vender el sofá de Don Otto. No se están viendo las bases… es un tema de educación. Si el día de mañana los empresarios deciden no contratarnos porque menstruamos una vez al mes y potencialmente seamos elementos de mal genio en la oficina, ¿qué haremos? ¿Vamos a dejar de menstruar?

Como mujeres tenemos el deber de cambiar el sistema, pero desde las bases, sin tener que retroceder tres pasos para avanzar uno. Yo soy mujer, madre y profesional, y me considero además una buena profesional, pero defiendo nuestro derecho a cuidar a nuestros hijos como lo merecen porque –seamos sinceras- nosotras decidimos tenerlos y es nuestra responsabilidad que tengan una vida de la mejor calidad posible.

Estoy de acuerdo en que es una responsabilidad de padre y madre, pero no seamos ingenuos… para que sea totalmente compartida tenemos mucho camino por recorrer y esa es la labor que debería preocuparnos por sobre los inmediatismos.

Por otro lado, la decisión de extender el post natal no es antojadiza. La respaldan organismos serios, que luego de años de estudio determinaron que un mayor tiempo del bebé con la madre puede ayudarnos a tener personas más sanas física y mentalmente. Según un estudio de septiembre de 2007 de la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), la lactancia por seis meses reduciría el impacto de 16 enfermedades en el niño o niña como leucemias, asma, muerte súbita, entre otras. Asimismo en términos prácticos significaría un ahorro de más de tres meses de salas cuna y las licencias (generalmente falsas) del segundo semestre disminuirían en un 50%.

Es más, en marzo de este año la Sochipe –uno de los principales impulsores de esta medida- y el Colegio Médico de Chile llamaron al Ejecutivo a enviar al Congreso Proyecto de Ley que garantice a las mujeres un post natal de seis meses. Entre sus argumentos destacaron que el costo económico que significaría para el Estado y los particulares la prolongación de un post natal, es ínfimo frente a los beneficios que se obtendrían en salud de los pequeños, menos licencias médicas por enfermedad del hijo menor de un año y la reducción de licencias no justificadas médicamente.

Si vamos a hacer las cosas, hagámoslas bien, de manera correcta desde la base. Personas más sanas, con bases sólidas desde su infancia, es una manera de hacer las cosas bien.

Mi hija ahora tiene tres meses y estoy demolida. Duermo poco, me duelen los brazos de tanto hacerla dormir, extraño la adrenalina y sentirme socialmente más útil, pero sé que vale la pena cuando veo que ella crece sana y feliz, y que el día de mañana va a poder luchar con mejores herramientas que las mías por una sociedad que nos valore como mujeres, trabajadoras y madres.

domingo, 2 de mayo de 2010

Primeriza


Una palabra que me quedó grabada el día en que nació Josefina fue “primeriza”. Como si a la vieja usanza me hubieran marcado una gran “P” escarlata en la cara. Matronas, enfermeras, auxiliares y médicos la repetían cada vez que me veían.
“Aaaaaah es primeriza”, cuando les decía que tenía contracciones cada cinco minutos. “La primeriza de ahí”, cuando mandaron por fin al anestesista. “Primeriza…” acompañada de una mueca cuando no lograba sacar los jodidos chanchitos de mi hija, luego de una hora de palmaditas en la espalda.
Pues sí, la Jo es mi primera hija. Sí, soy toda una primeriza… y sí, ya pasé la barrera de los 30. Además confieso que no tenía ni media idea de lo que era una contracción, nunca había tomado un bebé, menos cambiado un pañal, aún menos había sacado un chanchito (y jamás imaginé lo importante que se vuelven en la vida de una madre esos sonoros gases), y nunca comprendí cómo las madres tenían estómago para oler las caquitas de sus retoños, limpiar vómitos y sonreír luego de que una oleada de leche acuosa les caía en la blusa recién lavada.
El Día D en cuestión, o mejor dicho el Día Jo en mi caso, el espectáculo comenzó a las 2.00 hrs. con unos dolores desconocidos. Luego supe que esas eran las famosas contracciones, una especie de electricidad que comenzaba en la nuca, se expandía hasta mi cola e irradiaba todo por dentro y por fuera haciendo que terminara como un origami primerizo.
A las 5.00. hrs. Decidí que era el momento. Me sentía toda una valiente madre porque aún no había llorado con el dolor, podía caminar dignamente, e incluso me atreví a bajar las escaleras y salir a plena calle principal a tomar un taxi rumbo al hospital. Ingenua. Me devolvieron a las 6.00 hrs., humillada y con las primeras lágrimas de dolor asomándose.
Con cada golpe eléctrico recordaba con palabras cada vez más imposibles de reproducir la maldita manzana que Eva mordió y la serpiente, y Adán y toda esa cosa genesista que culpa a la mujer por los desastres de la humanidad y la castiga a cargar con un pedazo de humanidad nueve meses, tener los pies como bolsas llenas, terminar hecha un esperpento inflado, y por supuesto bíblicamente a “parir con dolor”.
Luego de la humillación, y con carta blanca para decir todas las malas palabras que existen en el diccionario y las que pudiera inventar, esperé junto a mi madre (que con mucha rabia escapa uno que otro “huevón” de su santa boca) que ocurrieran las benditas tres contracciones cada 10 minutos para ser un objeto embarazado válido para la admisión.
El momento llegó a las 15.00 hrs de ese día. Como un origami humillado y doloroso regresé, esta vez decidida a que me admitieran aunque tuviera que empezar a pujar en la misma puerta de la Secretaría.
Formularios y contracciones después, finalmente me ingresaron y comenzó la verdadera cuenta regresiva, que en nada se parece a las películas gringas. No grité, no golpeé a nadie, simplemente pedía más epidural cada vez que volvía a sentir los dedos de los pies. Y después de siete horas, cuando todas mis compañeras embarazadas ya habían tenido sus retoños y yo era la única parturienta en el lugar (y objeto de observación constante de los pobres estudiantes que no tenían a nadie más a quién mirar), Josefina se decidió a salir.
Fluidos, un par de gritos, un par de lágrimas, los llantos de mi hija desde el mismo interior de mis conductos (literalmente), la emoción de un padre ansioso, un poco de sangre, un poco de miedo, mucha alegría, y la sensación de que todo un nuevo escenario se comía mi vida anterior y me daba la bienvenida. A las 22.45 hrs. Me convertí en la primeriza humillada más feliz de ese segundo sobre el planeta.