
Una palabra que me quedó grabada el día en que nació Josefina fue “primeriza”. Como si a la vieja usanza me hubieran marcado una gran “P” escarlata en la cara. Matronas, enfermeras, auxiliares y médicos la repetían cada vez que me veían.
“Aaaaaah es primeriza”, cuando les decía que tenía contracciones cada cinco minutos. “La primeriza de ahí”, cuando mandaron por fin al anestesista. “Primeriza…” acompañada de una mueca cuando no lograba sacar los jodidos chanchitos de mi hija, luego de una hora de palmaditas en la espalda.
Pues sí, la Jo es mi primera hija. Sí, soy toda una primeriza… y sí, ya pasé la barrera de los 30. Además confieso que no tenía ni media idea de lo que era una contracción, nunca había tomado un bebé, menos cambiado un pañal, aún menos había sacado un chanchito (y jamás imaginé lo importante que se vuelven en la vida de una madre esos sonoros gases), y nunca comprendí cómo las madres tenían estómago para oler las caquitas de sus retoños, limpiar vómitos y sonreír luego de que una oleada de leche acuosa les caía en la blusa recién lavada.
El Día D en cuestión, o mejor dicho el Día Jo en mi caso, el espectáculo comenzó a las 2.00 hrs. con unos dolores desconocidos. Luego supe que esas eran las famosas contracciones, una especie de electricidad que comenzaba en la nuca, se expandía hasta mi cola e irradiaba todo por dentro y por fuera haciendo que terminara como un origami primerizo.
A las 5.00. hrs. Decidí que era el momento. Me sentía toda una valiente madre porque aún no había llorado con el dolor, podía caminar dignamente, e incluso me atreví a bajar las escaleras y salir a plena calle principal a tomar un taxi rumbo al hospital. Ingenua. Me devolvieron a las 6.00 hrs., humillada y con las primeras lágrimas de dolor asomándose.
Con cada golpe eléctrico recordaba con palabras cada vez más imposibles de reproducir la maldita manzana que Eva mordió y la serpiente, y Adán y toda esa cosa genesista que culpa a la mujer por los desastres de la humanidad y la castiga a cargar con un pedazo de humanidad nueve meses, tener los pies como bolsas llenas, terminar hecha un esperpento inflado, y por supuesto bíblicamente a “parir con dolor”.
Luego de la humillación, y con carta blanca para decir todas las malas palabras que existen en el diccionario y las que pudiera inventar, esperé junto a mi madre (que con mucha rabia escapa uno que otro “huevón” de su santa boca) que ocurrieran las benditas tres contracciones cada 10 minutos para ser un objeto embarazado válido para la admisión.
El momento llegó a las 15.00 hrs de ese día. Como un origami humillado y doloroso regresé, esta vez decidida a que me admitieran aunque tuviera que empezar a pujar en la misma puerta de la Secretaría.
Formularios y contracciones después, finalmente me ingresaron y comenzó la verdadera cuenta regresiva, que en nada se parece a las películas gringas. No grité, no golpeé a nadie, simplemente pedía más epidural cada vez que volvía a sentir los dedos de los pies. Y después de siete horas, cuando todas mis compañeras embarazadas ya habían tenido sus retoños y yo era la única parturienta en el lugar (y objeto de observación constante de los pobres estudiantes que no tenían a nadie más a quién mirar), Josefina se decidió a salir.
Fluidos, un par de gritos, un par de lágrimas, los llantos de mi hija desde el mismo interior de mis conductos (literalmente), la emoción de un padre ansioso, un poco de sangre, un poco de miedo, mucha alegría, y la sensación de que todo un nuevo escenario se comía mi vida anterior y me daba la bienvenida. A las 22.45 hrs. Me convertí en la primeriza humillada más feliz de ese segundo sobre el planeta.

“Aaaaaah es primeriza”, cuando les decía que tenía contracciones cada cinco minutos. “La primeriza de ahí”, cuando mandaron por fin al anestesista. “Primeriza…” acompañada de una mueca cuando no lograba sacar los jodidos chanchitos de mi hija, luego de una hora de palmaditas en la espalda.
Pues sí, la Jo es mi primera hija. Sí, soy toda una primeriza… y sí, ya pasé la barrera de los 30. Además confieso que no tenía ni media idea de lo que era una contracción, nunca había tomado un bebé, menos cambiado un pañal, aún menos había sacado un chanchito (y jamás imaginé lo importante que se vuelven en la vida de una madre esos sonoros gases), y nunca comprendí cómo las madres tenían estómago para oler las caquitas de sus retoños, limpiar vómitos y sonreír luego de que una oleada de leche acuosa les caía en la blusa recién lavada.
El Día D en cuestión, o mejor dicho el Día Jo en mi caso, el espectáculo comenzó a las 2.00 hrs. con unos dolores desconocidos. Luego supe que esas eran las famosas contracciones, una especie de electricidad que comenzaba en la nuca, se expandía hasta mi cola e irradiaba todo por dentro y por fuera haciendo que terminara como un origami primerizo.
A las 5.00. hrs. Decidí que era el momento. Me sentía toda una valiente madre porque aún no había llorado con el dolor, podía caminar dignamente, e incluso me atreví a bajar las escaleras y salir a plena calle principal a tomar un taxi rumbo al hospital. Ingenua. Me devolvieron a las 6.00 hrs., humillada y con las primeras lágrimas de dolor asomándose.
Con cada golpe eléctrico recordaba con palabras cada vez más imposibles de reproducir la maldita manzana que Eva mordió y la serpiente, y Adán y toda esa cosa genesista que culpa a la mujer por los desastres de la humanidad y la castiga a cargar con un pedazo de humanidad nueve meses, tener los pies como bolsas llenas, terminar hecha un esperpento inflado, y por supuesto bíblicamente a “parir con dolor”.
Luego de la humillación, y con carta blanca para decir todas las malas palabras que existen en el diccionario y las que pudiera inventar, esperé junto a mi madre (que con mucha rabia escapa uno que otro “huevón” de su santa boca) que ocurrieran las benditas tres contracciones cada 10 minutos para ser un objeto embarazado válido para la admisión.
El momento llegó a las 15.00 hrs de ese día. Como un origami humillado y doloroso regresé, esta vez decidida a que me admitieran aunque tuviera que empezar a pujar en la misma puerta de la Secretaría.
Formularios y contracciones después, finalmente me ingresaron y comenzó la verdadera cuenta regresiva, que en nada se parece a las películas gringas. No grité, no golpeé a nadie, simplemente pedía más epidural cada vez que volvía a sentir los dedos de los pies. Y después de siete horas, cuando todas mis compañeras embarazadas ya habían tenido sus retoños y yo era la única parturienta en el lugar (y objeto de observación constante de los pobres estudiantes que no tenían a nadie más a quién mirar), Josefina se decidió a salir.
Fluidos, un par de gritos, un par de lágrimas, los llantos de mi hija desde el mismo interior de mis conductos (literalmente), la emoción de un padre ansioso, un poco de sangre, un poco de miedo, mucha alegría, y la sensación de que todo un nuevo escenario se comía mi vida anterior y me daba la bienvenida. A las 22.45 hrs. Me convertí en la primeriza humillada más feliz de ese segundo sobre el planeta.

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