
Una de las cosas que he aprendido este último tiempo con Josefina es a nunca confiarme. No es sólo eso del “no quitarle un ojo de encima” (y es en serio, al menor descuido es capaz de saltar de la cama), sino que cuando ya crees que tienes un tienes un tema dominado ella se encarga de demostrarte lo contrario. Con la mejor de las sonrisas.
Lo bueno es que, como dije en un post anterior, la naturaleza es tan sabia que espera a que te acostumbres a tu hij@, que asimiles su pequeña humanidad, para empezar a enviarte nuevos desafíos que requieren paciencia de manera directamente proporcional.
En un principio lo más complejo como madre primeriza no fue dejar de dormir o aprender a poner los pañales de manera veloz (o semidormida), sino interiorizar la idea de que esa cosita que lloraba y movía las extremidades era mi hija. Que era una persona, que integraba mi familia y que dependía de nosotros. Suena bestial, pero al menos para mi no fue automático.
No se en que momento nos convertimos realmente en tres (antes éramos dos y una invitada), pero cuando sucedió la vida se hizo mucho más fácil para todos.
Sin embargo, hay un punto en el que aún somos dos y en el que no transamos: la intimidad de pareja, que a estas alturas se reduce a dormir juntos. Sólo los dos, para mantener un espacio donde reencontrarnos y conversar temas que no sean HI-5 japoneses, pañales, la sala cuna o la nueva gracia de nuestra retoña. Un lugar donde nos perdonáramos esas rabietas que vienen cuando la paciencia se agota, donde al menos por una noche volviéramos a ser el par de ingenuos que se conoció una noche de Halloween.
Y cuando creíamos que lo teníamos dominado, luego de vanagloriarnos frente a los padres que no lograban hacer que sus bebés durmieran al menos en cama separada, una faringitis nos hizo retroceder cinco casillas y caer en un tobogán que nos llevó al inicio del juego. Maldito virus mutante de verano, maldito aire acondicionado de supermercado, maldito calor, maldita ingenuidad. Lección: NUNCA bajes la guardia porque tu hijo siempre tendrá una sorpresa bajo la manga.
Todo comenzó como siempre, una fiebre repentina, una noche sin dormir, una visita al pediatra. No contábamos con que cuando crecen aprenden también a discernir qué les gusta y qué no, y a manifestarlo. Mi hija se sentía mal, nunca la había visto así. Antes cuando se enfermaba, debo admitir con algo de vergüenza que era un pequeño alivio, porque sus revoluciones se reducían al mínimo de sólo dormir. Ahora fue muy distinto: le dolía y lo hizo notar.
Tres noches sin dormir después descubrimos que lo único que la calmaba eran los abrazos. La única manera de que durmiera (y por ende nosotros también) era acurrucándonos. Error. Sí, logramos dormir, pero luego cuando la fiebre pasó e intentamos ponerla en su cuna, no hubo manera. Era como si tuviera una alarma de cuna incorporada, bastaba con intentarlo para que los decibeles rompieran la barrera de lo soportable.
Ahora estamos en una disyuntiva: dormir o pasar varias noches en vela hasta que aprenda (nuevamente) que ella tiene su propio espacio.
A casi un año de vivir como familia, volvemos al punto cero en materia de camas. No quiere salir de la nuestra. Simplemente le gustó y lo va a defender con uñas y sus seis dientes (de hecho para que dejáramos de intentarlo, a las 4 am pasó sábanas y colchón con todo lo que se pueden pasar). Ahora nos preparamos para pasar unas dos noches escuchando su llanto, hasta que se acostumbre nuevamente a la cuna. Terapia de shock para los tres y para todo el edificio.
Al menos aprendimos que hay cosas que no se deben hacer, y que esa personita, por muy indefensa que parezca, ya sabe lo que quiere.