jueves, 1 de julio de 2010

Josefina’s lessons


Como en un intensivo 10 en uno, así me he sentido en estos cuatro meses. Y sospecho que así me sentiré al menos en los próximos 15 años.

Aunque el balance es positivo desde cualquier perspectiva. A medida que siento que me crece el amor incondicional por ese conejo enano que me mira con ojos de sorpresa, me he paseado por estados de ánimo, emociones, momentos, y sobre todo aprendido cosas que ni sospechaba que desconocía.

Hasta el momento, estas son las diez lecciones más importantes (en una visión total y absolutamente subjetiva) que Josefina me ha enseñado entre risas, llantos, popós y leche.

I. Valorar lo simple.
Antes de la llegada de la Jose debo reconocer que era una persona con niveles crecientes de complejidad. Embutida en una rutina de locos, con tiempos que parecían de ciencia ficción y gustos cada vez más exquisitos (potenciados por una crianza marcada por un padre diseñador gráfico que me estimuló la visualidad y los enredos mentales desde el mes de vida), alcanzar buenos niveles de satisfacción se había convertido en una misión cada vez más agotadora (y monetariamente costosa).

Desde que mi hija salió al mundo por primera (y supongo que única) vez, he aprendido a valorar las pequeñas cosas que me hacen feliz, y que en medio de la esquizofrenia diaria se me habían olvidado. Por ejemplo, dormir más de cuatro horas seguidas. O lograr comer más de una hora sin interrupciones, conversar con Carlos, ver una película completa, llegar a tiempo para contestar el teléfono y que justo sea una persona con la que tenías ganas de conversar, lograr cerrar el botón de un pantalón que usaba antes del embarazo, beber un vaso de cerveza negra, escuchar la risa de la Josefina, descubrir que intenta sentarse sola, lograr hacer que se entretenga con una pelota durante más de 10 minutos para poder lavarme el pelo tranquila… y así la lista suma elementos cada día.

Para una mujer que no ha pasado aún por la maternidad esto que escribo puede sonar apocalíptico, pero les aseguro que no lo es. De hecho, bajar el umbral de satisfacción a niveles subcero es una manera reconfortante de recomenzar (y replantear) la vida con otra mirada.


II. Tener una mentalidad positiva y agradecer hasta las más pequeñas cosas.
Frente a lo explicado en el punto I, y luego de sobrevivir al primer mes del bebé, la risa comienza a fluir sola, y muchas veces en torbellinos. Me he sorprendido a mi misma con una sonrisa cuando la Jose hace popó por tercera vez en un mismo cambio de ropa. Suena increíble, pero supongo que es un mecanismo que tiene el cuerpo para no volvernos locas.
Recuerdo mi adolescencia y me da vergüenza la manera en la que me ahogaba en un ml. de agua durante semanas, e incluso meses, pensando tragedias y auto flagelándome por estupideces. Bastó que llegara una gritona de 60 cm. a mi vida para cambiar de un plumazo toda esa negrura autodestructiva en la que caía frecuentemente.

Cada vez que estoy sobrepasada, triste, o simplemente cansada, miro a mi hija y pienso que es un milagro tenerla ahí. Y agradezco… porque vive, porque me mira, porque escucha, porque es sana, sonríe, crece, y tiene una vida hermosa por delante.


III. Control de la ira.
El que me conoce bien sabe que cuando exploto es mejor estar con el traje antinuclear puesto. En estos cuatro meses he lanzado pañales por la ventana, chocado con muebles, pateado ropa, quemado comida, me bañé un pie en agua hirviendo, e incluso rosticé un dedo con el tostador de pan. Pero cada vez menos.

Hasta ahora nunca le he gritado a mi hija, y espero no hacerlo jamás. Estoy trabajando arduamente en este punto, sobre todo considerando que ella heredó ese maravilloso genio de mí y ya tiene un historial de escándalos de antología, que incluye el bloqueo karateka de un termómetro al momento de nacer, el espanto de una asistente de radiología al ser mini pateada, un escándalo en el mudador de pediatría, y el lanzamiento de varios baberos al suelo (con gesto dramático), entre otros.

IV. Redescubrir el mundo.
Cada vez que mi hija observa algo lo hace con ojos nuevos. Como si el universo completo se recreara cada vez que ella presta atención a sus detalles. Ya es casi costumbre entre ambas, que cada vez que vamos de paseo y ella mira fijamente algo, me acerco hacia su perspectiva y siempre, siempre, es algo hermoso… una luz, unas hojas, unas nubes, un movimiento, un color.
Ver el mundo a través de los ojos de quien lo conoce por primera vez es impagable. Hace que yo también me sienta un poco más nueva, un poco más limpia, y siempre sorprendida.
V. Perderle el miedo a la rutina.

Siempre la odié, pero ahora es mi mejor amiga. Gracias a las acciones repetitivas he logrado que Josefina entienda que cuando en la mañana le lavo la carita es hora de jugar, y cuando en la noche hacemos todo su ritual japonés de baño, pies, crema, canciones, bailes ridículos y pijama, es hora de dormir.

Altamente recomendable. Caer en una rutina te permite generar espacios de libertad más o menos estables.

VI. Aprender a flexibilizar mis tiempos y anhelos.
Si bien la rutina ayuda, siempre hay que estar atentas a los imprevistos. Solucionar detalles, que acumulados pueden ser un gran problema, se convierte en el pan de cada día.
De esta forma he aprendido a planificar una salida dos horas (mínimo) antes de la hora en la que tengo que llegar a un lugar, para sortear vómitos varios, popós, cambios de ropa inesperados, leche de último minuto, pérdida del pañito regalón, alcanzar a humanizarme un poco para salir a la calle, etc.

Acostumbrada a que todo, o casi todo se hiciera a mi manera y de la forma más perfecta posible, mi hija me ha ayudado a aprender a flexibilizar esos duros estándares de perfección.


VII. Descubrir barreras insospechadas de aguante.

Nunca antes me visualicé como madre y debo reconocer que ver vomitar a un bebé me daba un asco incontrolable, pero ahora me observo a mi misma limpiando el quesillo de mi hija con mis propios dedos, o sacando popó como si nada. No hay olor, no hay dolor.

También Josefina me ha ayudado a confiar en mi fortaleza. Luego de sortear con éxito un terremoto 8.8, una tarde en la que cambié cuatro pañales al hilo (atrasada a una hora con la pediatra), varias noches sin dormir, y ya incontables ocasiones en las que me vomitó la ropa en la puerta cuando estábamos por salir. O también cambios de pañales en lugares insospechados, un bus que se quedó parado en medio de Irarrázaval con las puertas cerradas… ahora me siento capaz de todo.

La idea de estar ahí para protegerla frente a todo convierte a cualquier mujer-madre en un Hulk en potencia.


VIII. Paciencia.
Yo, que no era capaz de esperar que bajara un archivo del computador por más de 10 minutos, ahora soy capaz de cantar una hora para que mi hija se duerma. Tan simple como eso (y enorme… nunca pensé que tendría paciencia para algo).


IX. Autoconocimiento.
Siguiendo atentamente los pasos del crecimiento de Josefina he podido recordar algunos momentos de mi infancia que me definieron, y reconocido gestos en ella que son idénticos a situaciones que arrastro hace más de 30 años. Un mal genio excesivo a la hora de dormir, explosiones de ira si me da hambre, una porfía a prueba de razonamientos, y la capacidad infinita de entretenerse con una hoja que cae o una luz que se cuela en un sitio interesante.

No nos parecemos mucho físicamente (hasta ahora), pero no se puede negar la herencia genética…

X. Valorar a las personas que están conmigo.
En este tipo de situaciones es cuando el valor de las personas que te rodea sale a flote. Como en esos exámenes donde tomas un líquido brillante y luego aparece destacado en el scanner, la luz de quienes te quieren de verdad brilla en estos momentos. Y se agradece. Profundamente.