martes, 3 de mayo de 2011

Feliz día del trabajo


Cuando escucho esa frase se me viene una marejada de ideas a la cabeza. Definición de qué es concretamente para la sociedad un trabajador, si es el día del trabajo o del trabajador… pero este domingo 1 º de mayo tuve un tema más fuerte: rabia.


No es que sea una novedad en mi vida. No soy un pequeño pony ni una princesa Disney (de los 40-50, en la época en que las princesas planteaban como rebeldía tomar acciones para encontrar a su marido perfecto), pero esta vez la rabia no fue por algo relacionado directamente conmigo, sino con mi hija. Y esa rabia si que es poderosa.


Luego de conciliar de alguna manera trabajo con una bebé de un año, de dormir como si me dieran un palo en la cabeza cada noche y tratar de ser lo mejor posible en varios aspectos de mi vida humana, principalmente trabajadora, madre y pareja (continúo en rodaje con respecto a la apariencia personal, en virtud de retomar la senda de la normalidad), de todas formas el sistema en el que están organizadas las cosas insiste en poner obstáculos.


Claro que el sistema es un idiota, porque al ponerte ruidos hace que te pongas alerta, y al despertarte deja ante tus ojos toda su estupidez.


El fin de semana, cuando nos preparábamos para el primer corte de pelo de Josefina, le noté algo extraño. Un gran cototo se asomaba a un lado de su carita. Cuento corto: no eran las muelas, ni las amígdalas ni nada normal, y como no era cannon ni tenía fiebre, la mandaron a urgencia a hacerse exámenes para descartar todas las fatalidades del mundo.


Una como madre (y el padre como padre, seamos justos), se imagina de todo. Y como la mente de para mucho, el bolsillo se abre con tal de que todo salga bien y que te digan de una vez por todas si lo que tiene tu hija es una estupidez o es algo serio. Generalmente es una tontera y una sale avergonzado y con los bolsillos pelados. Pero además en esta ocasión estuvimos más de cinco horas esperando, mientras los doctores conversaban de fútbol y sólo un médico radiólogo hacía los exámenes para todos los pacientes de urgencia.


Y no era un Hospital Público (LA vez que tuve que ir a uno público estuve seis horas con la mano reventada metida en una fuente con alcohol).


Finalmente la Jo estaba mejor que todos nosotros juntos. De hecho, mejoró su técnica para caminar, de puro aburrida. Pero a mi me hirvió la sangre.


Veamos… ¿dónde va exactamente el dinero de los impuestos? Porque si no malinterpreto las cosas, los seres humanos, sea cual sea nuestro origen y condición, tenemos derecho al menos a tres, como base: vida, salud, educación. Pero si yo, que me esfuerzo al 200% todos los días por trabajar de la mejor manera para contribuir a la sociedad, y pago mis impuestos, tengo que de todos modos esperar cinco o seis horas en una Urgencia Pediátrica por un examen, y pagar más de 60 mil pesos chilenos (120 dólares aprox.) por él, sin contar lo desembolsado por la consulta y los remedios… algo no me cuadra.


Si a esto le agregamos que de aquí en adelante tendré que pagar grandes sumas de dinero para tratar de garantizarle a mi hija un futuro, con una educación de calidad mediana (porque para una alta no me alcanza)… algo no me cuadra, again.


Claro, la respuesta es siempre mostrar la cantidad de colegios municipalizados gratuitos que existen, o los consultorios públicos. Señores… hablamos de calidad, no de limosnas. Nunca se logrará romper el círculo de la pobreza si se limitan a entregar servicios gratuitos menos que mediocres. Todos sabemos que en un gran porcentaje los niños y niñas que asisten a colegios municipalizados (no diré gratuitos, porque hay corporaciones privadas con establecimientos de alta calidad… pero ellos no dependen del Estado) sólo pueden acceder a trabajos sin mucha proyección. Y en el milagroso caso de que a alguno le diera el puntaje de la PSU para ingresar a una Universidad, seguramente no podría costearla, o tendría que endeudarse tres vidas para pagar la mensualidad (y las becas son un chiste, y sólo para un sector).
Eso sólo mirando la superficie. Y para qué hablar de la Salud…


Pero además, las clases medias no acceden fácilmente a servicios gratuitos, algunos por conciencia (me cuento entre esos ingenuos), al saber que al usarlos, pudiendo acceder a otro servicio, le quitan la oportunidad a alguien que realmente no tiene más alternativa. Otros porque por puntaje y demases simplemente no encajan en los parámetros de acceso. ¿Y qué se hace en ese caso? Pagar ¿Y si no hay dinero? Endeudarse.


Yo quiero que mi hija tenga una educación de calidad. Quiero que si ella se enferma la atiendan primero y pidan la plata después (o idealmente no la pidan y sea un servicio contemplado por un Gobierno realmente preocupado de su gente).


No soy ingenua, sé que cuesta un dineral. Sé que se ha avanzado harto también, pero mucho hay que casi pensarlo de nuevo, y sobre todo se necesita gente comprometida con lograr que esta ruta se enderece. Que hoy no exista un sistema “para todos” no significa que no sea posible.


Quiero no dormir angustiada pensando en cómo voy a pagar su educación, o en que si se enferma que no sea nada que no pueda pagar (a ese nivel!), o que no la juzguen por parámetros socioeconómicos, que cuando busque trabajo realmente vean su currículum y no sus contactos, apellido o facciones.


En fin. Eso pensé en este Día del Trabajo. Creo que esa es la lucha eterna, pero nunca está de más recordarla… al menos una vez al año.

sábado, 5 de marzo de 2011

Sólo se que nada sé


Esta semana Josefina empezó a asistir a su nueva Sala Cuna. Resumiré el largo proceso, que entre otras cosas me hizo sentir peor que la madrastra de Blanca Nieves (la saqué de su mundito que le costó seis meses armar), en tres razones: me queda al lado del departamento y otros la pueden ir a buscar en caso de emergencia, tengo la espalda que da pena por las caminatas de más de 20 min. de la sala cuna al metro, y si tiembla o llegan los extraterrestres, sólo yo estaré lejos y sólo yo tendré que preocuparme por buscar algún sistema para volver con la familia.

Suena fácil, pero fue todo un tema. Primero, por lo pérfida que me sentí, y segundo porque implicó hacer toda la burocracia de nuevo. Certificados, lista de útiles, acuerdos, y una ficha de inscripción que incluía varias cosas que me hicieron pensar bastante. Sólo por eso ya valió la pena el cambio.

En el documento me preguntaban cosas como de qué manera quiero enfrentar el tema de la existencia de Dios con mi hija, o cómo quiero que se le presente el proceso de nacimiento, el sexo, e incluso la muerte. Mi hija ni siquiera habla (sólo dice guau cuando ve un perro o cualquier otro animal, incluso pájaros), por lo que sinceramente no me había cuestionado temas tan relevantes. Sólo me he limitado a repetir como loro “maaaa-ma”, “paaaa-pa”, o “pe-lo-ta”, pero nunca algo como “Tú-vi-nis-te-de-una-se-mi-lli-ta-de-tu-pa-pá-con-a-mor”.

Punto para la nueva sala cuna.

Pero lejos lo que más me ha dado vueltas fue que tuve que explicitar si La Jo había nacido por parto normal o cesárea, de término o prematura. Lo segundo lo entiendo, pero lo primero nunca lo había pensado. Yo nací por cesárea y nunca he notado algo extraño en mí (que no note en otros miembros de mi familia… no estoy diciendo que sea tan canónicamente normal). Mi hija salió por parto normal, y cuando nació realmente entendí en toda su magnitud el concepto de “fue un parto tal cosa”, cuando se refieren a algo difícil, largo y doloroso. Claro que ahí falta “hermoso” y “emocionante”.

Me fui por las ramas. El punto es que me puse a pensar qué relevancia podría tener dejar explicitado el parto de mi hija. Y he estado en eso todo el día. Un sistema implica que el bebé ve una luz al final, creo, luego debe intentar seguirla, motivado por la curiosidad y los movimientos que la empujan a salir. La luz se hace cada vez más grande, no quiere salir pero ya no puede volver atrás, nunca en su vida vio la luz, pero entiende que es algo que va a cambiar las cosas, ve como se acerca y una mezcla extraña entre emoción, curiosidad y miedo debe formarse en su pequeña cabeza hasta que sale a algo extraño, seco, ruidoso, brillante, sus ojos apenas captan las sombras de muchas manos que la tocan… y llora.

Recuerdo que Josefina en sus primeras semanas, cuando empezaba a quedarse dormida le daban unos espasmos (yo por molestar le decía los “taldos”) y se afirmaba de los bordes del moisés. Hasta hoy creo que recordaba el traumante momento de nacer.

Ahora bien, con la cesárea la cosa es más rápida, con lo bueno y malo que eso implica. Está el bebé flotando en la tranquilidad de su útero, tratando de esquivar el cordón, que cada vez lo molesta más, cuando de pronto todo se llena de brillo, los ojos no alcanzan a ver más que blanco y unas cosas entran a su espacio de intimidad y lo sacan a la fuerza. “Déjenme acá” debe pensar, pero ya afuera, porque el proceso es veloz y al rato está con su mamá, pero por fuera.

Ambos procesos son inevitables, pero uno es como un camino curioso, atractivo, lento y desconcertante; mientras que el otro es rápido y sin tiempo para reaccionar. Tal vez ese sea el signo de los tiempos y la razón por la que hay tantas cesáreas hoy en día.

El punto es que dándole vueltas al tema releí Sandman, uno de mis cómic favoritos, y retomé la idea del ciclo eterno del cambio. El nacimiento como una pequeña muerte, un cambio de estación. Uno lento o uno rápido… ¿las tías sabrán algo que yo no sé? Seguro que sí.

domingo, 13 de febrero de 2011

Retroceder nunca, rendirse... bueno.


Una de las cosas que he aprendido este último tiempo con Josefina es a nunca confiarme. No es sólo eso del “no quitarle un ojo de encima” (y es en serio, al menor descuido es capaz de saltar de la cama), sino que cuando ya crees que tienes un tienes un tema dominado ella se encarga de demostrarte lo contrario. Con la mejor de las sonrisas.

Lo bueno es que, como dije en un post anterior, la naturaleza es tan sabia que espera a que te acostumbres a tu hij@, que asimiles su pequeña humanidad, para empezar a enviarte nuevos desafíos que requieren paciencia de manera directamente proporcional.

En un principio lo más complejo como madre primeriza no fue dejar de dormir o aprender a poner los pañales de manera veloz (o semidormida), sino interiorizar la idea de que esa cosita que lloraba y movía las extremidades era mi hija. Que era una persona, que integraba mi familia y que dependía de nosotros. Suena bestial, pero al menos para mi no fue automático.

No se en que momento nos convertimos realmente en tres (antes éramos dos y una invitada), pero cuando sucedió la vida se hizo mucho más fácil para todos.

Sin embargo, hay un punto en el que aún somos dos y en el que no transamos: la intimidad de pareja, que a estas alturas se reduce a dormir juntos. Sólo los dos, para mantener un espacio donde reencontrarnos y conversar temas que no sean HI-5 japoneses, pañales, la sala cuna o la nueva gracia de nuestra retoña. Un lugar donde nos perdonáramos esas rabietas que vienen cuando la paciencia se agota, donde al menos por una noche volviéramos a ser el par de ingenuos que se conoció una noche de Halloween.

Y cuando creíamos que lo teníamos dominado, luego de vanagloriarnos frente a los padres que no lograban hacer que sus bebés durmieran al menos en cama separada, una faringitis nos hizo retroceder cinco casillas y caer en un tobogán que nos llevó al inicio del juego. Maldito virus mutante de verano, maldito aire acondicionado de supermercado, maldito calor, maldita ingenuidad. Lección: NUNCA bajes la guardia porque tu hijo siempre tendrá una sorpresa bajo la manga.

Todo comenzó como siempre, una fiebre repentina, una noche sin dormir, una visita al pediatra. No contábamos con que cuando crecen aprenden también a discernir qué les gusta y qué no, y a manifestarlo. Mi hija se sentía mal, nunca la había visto así. Antes cuando se enfermaba, debo admitir con algo de vergüenza que era un pequeño alivio, porque sus revoluciones se reducían al mínimo de sólo dormir. Ahora fue muy distinto: le dolía y lo hizo notar.

Tres noches sin dormir después descubrimos que lo único que la calmaba eran los abrazos. La única manera de que durmiera (y por ende nosotros también) era acurrucándonos. Error. Sí, logramos dormir, pero luego cuando la fiebre pasó e intentamos ponerla en su cuna, no hubo manera. Era como si tuviera una alarma de cuna incorporada, bastaba con intentarlo para que los decibeles rompieran la barrera de lo soportable.

Ahora estamos en una disyuntiva: dormir o pasar varias noches en vela hasta que aprenda (nuevamente) que ella tiene su propio espacio.

A casi un año de vivir como familia, volvemos al punto cero en materia de camas. No quiere salir de la nuestra. Simplemente le gustó y lo va a defender con uñas y sus seis dientes (de hecho para que dejáramos de intentarlo, a las 4 am pasó sábanas y colchón con todo lo que se pueden pasar). Ahora nos preparamos para pasar unas dos noches escuchando su llanto, hasta que se acostumbre nuevamente a la cuna. Terapia de shock para los tres y para todo el edificio.

Al menos aprendimos que hay cosas que no se deben hacer, y que esa personita, por muy indefensa que parezca, ya sabe lo que quiere.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Por qué ya no puedo ver películas de zombies


Luego de apagar el televisor tras un nuevo episodio de Walking Dead, la nueva serie sobre zombies basada en un exitoso y buen cómic, me pregunto ¿por qué ya no puedo disfrutar tranquilamente de un placer bizarro que antes me gustaba tanto? Terminé el capítulo apenas, y lo hice casi sólo por amor a Carlos que adora a los zombies y esperó esta serie durante meses.

¿Es que la maternidad me transformó en un modelo torpe y latinoamericano de Martha Stewart? ¿Yo, que no jugué con muñecas, terminaré comprándole Barbies de todos los tonos de rosa a mi hija? Eso me da casi más terror que ser perseguida por un zombie.

Le he dado vueltas al asunto, y me di cuenta de que lo que me espanta de los zombies no son las vísceras y restos humanos que aparecen de la nada, sino la maldita angustia que me generan. Simplemente no los soporto porque son un fiel reflejo de la sociedad actual, una que si eres u opinas distinto, aunque sea un poco, te persigue y agota hasta convertirte en uno igual a los otros cientos de miles que van al mall todos los fines de semana, a pasar el rato mirando vitrinas. Y con un hijo en brazos es fácil caer en la angustia.

En Walking Dead, que he mencionado tanto que ya parece product placement, dentro del grupo que lucha por sobrevivir al apocalipsis de los muertos caminantes hay niños. Y más que los nervios de ver como los “vivos” escapan de los lerdos cuerpos que “corren” a un km/hr. (el mismo tipo de nervio que cuando actuaba de Caperucita Roja en las fiestas familiares, hacia que en la parte del lobo, cuando él decía “para comerte mejorrr” yo ya estaba corriendo a un km. de distancia), es terrible pensar que esas madres y padres simplemente luchan diariamente por lograr que su familia sobreviva un día más. Sólo eso, sobrevivir, sin futuro ni proyección, intentando que sus pequeños descendientes queden con la menor cantidad de secuelas posibles frente al dantesco espectáculo.

Parte de eso es lo que hacemos todos los días, pero nosotros al menos podemos darnos el lujo de proyectarles un futuro, o poner algunos peldaños para que lo forjen de la mejor manera posible. Además tenemos la suerte de compartir junto a esas nuevas personitas todo su descubrimiento del mundo, momentos maravillosos que hasta al más negro le alegran el día.

Pero cuando veo películas o series –en este caso- de zombies, todo lo que intento mantener en un rincón de mi amargado y cansado cerebro, para poder funcionar con una sonrisa, aparece. Cual zombie debajo de la cama agarrándote el pie.

Como la sensación de esa madrugada del 27 de febrero, cuando despertamos a las 3 am con un terremoto 8.8, el suelo se movía como gelatina y yo sostenía a Josefina, de diez días de vida, mientras veíamos como volaban vasos, copas y platos. Entonces con Carlos lo único que pedíamos era que no se cayera el edificio. Pensaba “sólo tiene diez días, no ha vivido nada”.

O la angustia que me nace cada vez que la Jo tiene fiebre, o vomita, o me llaman de la Sala Cuna. No se si lo podré manejar, no sé si soy capaz de tomar tantas decisiones y hacerlo bien, no sé si seré capaz de transmitirle seguridad a mi hija todo el tiempo. Pero de alguna manera lo hago, siempre y cuando sea inconscientemente.

Es siempre esa maldita angustia de ser capaz de darle un futuro. No un “futuro Dallas” con autos, casas, dinero, saunas, súper teles y una habitación llena de ropa, sino un “futuro Josefina” donde sea feliz con una taza de arroz con palta a pie pelado, sólo porque le encanta la combinación y no necesita nada más. El que ella elija.

Por eso ya no puedo ver tranquila películas de zombies (por lo mismo tampoco soporto más de una hora en el mall). Porque además de reflejar a una sociedad que me agota con exigencias de lavado cerebral y gustos uniformes, de sólo imaginar una situación como la que viven los personajes de la serie, de sólo pensar en no poder darle un futuro a mi hija, me angustio a tal punto que apago la televisión.

¿Y sobreviviremos al ataque zombie? Espero…

domingo, 3 de octubre de 2010

Carta a Josefina


Luego de varios sucesos ocurridos a nuestro alrededor, que incluyen el regreso al trabajo y el ingreso a la Sala Cuna, hay una frase que me han repetido varias veces que no deja de darme vueltas: “Es el mundo en que le tocó vivir”. Desde la pediatra refiriéndose a la cantidad de virus y contagios que pueblan los espacios urbanos, hasta personas respondiendo a mis dudas existenciales.

Una de las razones por las que esta frase me molesta es porque forma la base de la inequidad social. Hija, no quiero que te convenzan con ese tipo de frases. Creo firmemente en que existe un camino entre el mundo en el que naces y en el que terminas viviendo, y que frases como esas están hechas por las mismas personas que te convencen de que logras el éxito al tener un auto, un televisor con pantalla plana o zapatillas “de marca” todos los meses. Luego son esas mismas personas las que te amarran de brazos y piernas con cuotas de apariencia regalada e intereses que crecen a su gusto.

Escribo esto a semanas de que Chile apagara sus 200 velas como República. Escribo esto luego de presenciar empíricamente que en estos 200 años nada ha cambiado. En este país seguimos viviendo en un fundo. Con más detallitos, claro, más poder adquisitivo, mayor ampliación hacia el mundo, menos aislados y con más acceso a las comunicaciones, pero el poder de tomar las decisiones y de administrar a los trabajadores de estos fundos Josefina, sigue estando en las mismas manos.

La verdad hija es que nunca he militado en un partido político, porque una de las cosas que más odio es que me digan cómo tengo que pensar. Pero sí voto, porque creo que es en esa instancia donde mi palabra o mi pensamiento valen lo mismo que la palabra y pensamiento del dueño del fundo. Tal vez soy ingenua, lo reconozco, pero al menos me hace dormir más tranquila. A través del voto vamos forjando una República y validando tantas peleas que se dieron en el camino.
Sin embargo, a la hora de planificar, organizar y sobre todo ordenar este gran fundo llamado Chile, las voces de mando son las mismas. Y lo que es peor hija, a la gente parece gustarle. Los miran con admiración (si pudieran algunos les harían una reverencia), los escuchan como si su palabra les diera las respuestas a sus dudas, y sobre todo, les creen.

Pienso Josefina que en 200 años los grupos se poder se las han arreglado para mantener las cosas más o menos iguales. No importa que seas un buen profesional, que mojes la camiseta de tu lugar de trabajo, que tengas méritos académicos e incluso personales. Todo eso se va a la basura si no lo acompañas de un buen apellido, o un buen contacto, o peor aún si no sabes manejarte en ese mundo que lleva más de 200 años forjando su propio paraíso.

Porque aunque te parezca difícil de creer, en Chile cuesta más ser persona si tienes apellido Soto. En Chile no importa tu esfuerzo a la hora de crecer en una empresa si no agachas la cabeza, no tienes contactos, familia importante, o tienes rasgos aborígenes. Al menos por ahora.

Y me temo Forita que la cosa va más allá de nuestras fronteras (aunque afortunadamente algunos de los países llamados del “primer mundo” son más abiertos a los méritos personales).
Pero hija. Aunque suene negro, no todo lo es, y por eso es importante que no creas en frases como “es lo que hay” o “es el mundo en que te tocó vivir”. No tiene por qué serlo. Un cambio comienza en un cambio de actitud, y como dijo el poeta Guillaume Bouchet: “La verdadera nobleza se adquiere viviendo, y no naciendo”.

Aunque intenten hacerte sentir inferior, sabes que no lo eres. Eso es suficiente. Y te pueden desnudar, gritar y humillar, pero no pueden cambiar tu esencia. Y esa es la manera en la que podemos empezar a cambiar las cosas.

Espero hija que en el tricentenario esta pequeña carta suene a la voz de una vieja agria y resentida, en un país donde este tipo de cosas ya no ocurran, y donde puedas generar cambios y hacer un buen trabajo basándote sólo en tu capacidad, voluntad de hacer las cosas bien y espíritu de solidaridad.

martes, 17 de agosto de 2010

Feliz medio cumpleaños


Hoy mi hija cumple seis meses de vida. Si bien entiendo que a veces mis mecanismos de desahogo pueden sonar un poco pesimistas o antimaternales, hay una cosa que es cierta: amo a mi hija, he disfrutado cada segundo de estos seis meses que llevamos juntas (como dos individuos separados y no al estilo de muñecas rusas, una dentro de la otra), y sé que esta aventura que recién comienza va a ser la más maravillosa de todas.

Mi familia grande (mamá, papá, hermano) y mi nueva familia pequeña (Carlos, aunque supongo que luego Josefina también me lo dirá) suelen pedirme que aprenda a encender mi filtro. Temo que ese aparato que selecciona lo que conviene decir y lo que no, viene dañado de fábrica. Esa es una de las razones por las que mis opiniones pueden ser un poco negras a veces, sobre todo refiriéndose a un tema tan “rosa” como la maternidad.

La maternidad es dura, sobre todo el golpe de realidad que viene con el primer llanto de tu bebé. Un puñetazo de responsabilidad, sueño, miedo, ansiedad… pero también una oleada de amor inimaginable e inexpresable con palabras.

Sí, me habría gustado que alguien me dijera que este asunto no es tan rosa como lo pintan, que no todas somos mamás “barbies” ni dueñas de casa al estilo Martha Stewart. Pero una cosa está clara, ahora que llevo seis meses acostumbrándome al concepto y tratando de entender el carácter de mi hija, lo volvería a hacer. Cien veces (no cien hijos, sino que diría cien veces que sí a la misma hija… no tengo espíritu bíblico).

Nunca pensé amar tanto, ni ser capaz de entregar tanto. Nunca creí que un ser tan pequeñito lograra sacar cosas nuevas de mí, ni convertirme en una mejor persona, más segura de sí misma, más dulce y con una mayor capacidad de amar. Nunca pensé que una pequeña gritona y escandalosa me enseñaría tanto, aumentara mi capacidad de asombro y me hiciera volver a descubrir que el mundo es maravilloso, enorme y lleno de milagros, como este pequeño milagro que armamos con Carlos y que hoy cumple seis meses de vida.

jueves, 12 de agosto de 2010

Volver


Puede sonar repetido, pero es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Ahora, que estoy a menos de dos semanas de regresar al trabajo y de reventar esa burbuja perfecta y multicolor que creamos con Carlos y la Josefina, me doy cuenta de que ya han pasado casi seis meses desde que vi por primera vez esos pequeños ojitos curiosos (y escuché esa garganta poderosa).

En mi vida he tenido que enfrentar varios desafíos. Como todos. El primer día de clases, competencias varias, exámenes escolares, luego universitarios, búsquedas de trabajo, viajes, decisiones, parejas, rompimientos… pero creo estar segura de que nada se asemeja a esta sensación. Nada, ni siquiera el examen de grado en la universidad ni ese día en que me senté en un avión rumbo a España con más porfía que dinero.

No quiero romper la burbuja. No quiero dejar de despertar todos los días de una siesta con la manito de la Josefina apretándome la nariz. No quiero que otra persona le de su comida. No quiero que despierte y no me vea a su lado, o cerca. No quiero que llore y no estar ahí para decirle “ya pues Jose, no seas ridícula, pareces una guagua”. No quiero que diga sus primeras palabras y no poder escucharlas, o que aprenda a caminar sin que esté ahí. No quiero tantas cosas, pero tengo que hacerlo.

Ojo, que no es un “tengo” obligado. Existen maneras de prolongar este regreso al trabajo por meses, pero este deber no es por una norma externa, sino porque si le prometimos a la Josefina que haríamos todo para hacerla feliz, parte de esa felicidad es no aislarla y ayudarla a vivir de la mejor manera posible en el mundo en que le tocó nacer.

Si pensara sólo con el corazón, renunciaría al trabajo para entregarme completamente al día a día de la maternidad (y a veces lo he pensado, una trabajólica que odia a Martha Stewart y todo). Sumergida en un pequeño mundo perfecto donde yo soy todo para la Jose y ella es todo para mi, ambas bañadas por el aire fresco que trae Carlos entre ilustración e ilustración. Pero no sería justo para ninguno de nosotros.

Además, prolongar este verdadero corte de cordón umbilical sería más una agonía que otra cosa. Como caminar cientos de kilómetros por una ruta que sabemos que tarde o temprano llegará al punto que queremos evitar. Considerando además, con altas dosis de autocrítica, que por mucho que ame a mi hija hay cosas que definitivamente no se hacer, y hay personas mucho más capacitadas que yo que pueden ayudarla.

Ejemplos hay montones (y eso que la Jo sólo tiene cinco meses y algo). Me costó semanas entender el mecanismo de los piluchos, comprender cómo funcionan los pañales desechables. Todavía me amarro las manos para no tomarla en brazos cada vez que llora, sobre todo considerando que mi hija es una manipuladora en potencia desde el momento uno de vida. Aún no me atrevo con el cortaúñas, y desde que la Jose descubrió que puede pararse y ver las cosas desde otra perspectiva la cosa se aceleró. Ahora no basta moverle la “luna pollo” o “la negrita que suena” para calmarla, no, son necesarios verdaderos malabares. Un libro la entretiene 10 minutos, un baile sólo dura tres repeticiones, un juguete no es entretenido si no se lo echa a la boca o lo lanza (dos veces hemos visto con desesperación el mousse del computador de Carlos volar al final del opening de Ponyo o de Heidi). Y suma y sigue.

Mi hija aprende por segundo y hasta ahora nos hemos manejado bien usando el instinto, pero hay cosas importantes donde eso no siempre ayuda. Porque mi instinto me llama a protegerla de todas las cosas, pero sé, por experiencia, que no soy Wonder Woman (aunque me gustaría) y que tarde o temprano no voy a estar ahí para evitar que algo le pase. Si eso ocurre, ella va a tener que ocupar sus propias herramientas…. Y yo quiero darle todas las que sea posible.

Tarde o temprano mi hija va a tener su mundo y quiero ayudarla a construirlo. No entregarle un universo armado por mí.

Suena a auto convencimiento, pero realmente es producto de una reflexión larga. Porque si algo he tenido entre paseos, amamantamiento, hacerla dormir, bailes ridículos mientras cocino (sí, cocino casi todos los días) para que no se aburra, y malabarismos varios, es tiempo para pensar. Y como al mal paso darle prisa, ya me compré varios paquetes de pañuelos desechables, la acostumbré a comer cada cuatro horas, a dormir siesta a las horas de la sala cuna (conozco a mi hija, sé como llora y los vecinos de mi edificio también, así que más vale prevenir) … y aquí vamos Forita, a la verdadera rutina para salir a conocer el mundo y armar el tuyo propio.