
Puede sonar repetido, pero es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Ahora, que estoy a menos de dos semanas de regresar al trabajo y de reventar esa burbuja perfecta y multicolor que creamos con Carlos y la Josefina, me doy cuenta de que ya han pasado casi seis meses desde que vi por primera vez esos pequeños ojitos curiosos (y escuché esa garganta poderosa).
En mi vida he tenido que enfrentar varios desafíos. Como todos. El primer día de clases, competencias varias, exámenes escolares, luego universitarios, búsquedas de trabajo, viajes, decisiones, parejas, rompimientos… pero creo estar segura de que nada se asemeja a esta sensación. Nada, ni siquiera el examen de grado en la universidad ni ese día en que me senté en un avión rumbo a España con más porfía que dinero.
No quiero romper la burbuja. No quiero dejar de despertar todos los días de una siesta con la manito de la Josefina apretándome la nariz. No quiero que otra persona le de su comida. No quiero que despierte y no me vea a su lado, o cerca. No quiero que llore y no estar ahí para decirle “ya pues Jose, no seas ridícula, pareces una guagua”. No quiero que diga sus primeras palabras y no poder escucharlas, o que aprenda a caminar sin que esté ahí. No quiero tantas cosas, pero tengo que hacerlo.
Ojo, que no es un “tengo” obligado. Existen maneras de prolongar este regreso al trabajo por meses, pero este deber no es por una norma externa, sino porque si le prometimos a la Josefina que haríamos todo para hacerla feliz, parte de esa felicidad es no aislarla y ayudarla a vivir de la mejor manera posible en el mundo en que le tocó nacer.
Si pensara sólo con el corazón, renunciaría al trabajo para entregarme completamente al día a día de la maternidad (y a veces lo he pensado, una trabajólica que odia a Martha Stewart y todo). Sumergida en un pequeño mundo perfecto donde yo soy todo para la Jose y ella es todo para mi, ambas bañadas por el aire fresco que trae Carlos entre ilustración e ilustración. Pero no sería justo para ninguno de nosotros.
Además, prolongar este verdadero corte de cordón umbilical sería más una agonía que otra cosa. Como caminar cientos de kilómetros por una ruta que sabemos que tarde o temprano llegará al punto que queremos evitar. Considerando además, con altas dosis de autocrítica, que por mucho que ame a mi hija hay cosas que definitivamente no se hacer, y hay personas mucho más capacitadas que yo que pueden ayudarla.
Ejemplos hay montones (y eso que la Jo sólo tiene cinco meses y algo). Me costó semanas entender el mecanismo de los piluchos, comprender cómo funcionan los pañales desechables. Todavía me amarro las manos para no tomarla en brazos cada vez que llora, sobre todo considerando que mi hija es una manipuladora en potencia desde el momento uno de vida. Aún no me atrevo con el cortaúñas, y desde que la Jose descubrió que puede pararse y ver las cosas desde otra perspectiva la cosa se aceleró. Ahora no basta moverle la “luna pollo” o “la negrita que suena” para calmarla, no, son necesarios verdaderos malabares. Un libro la entretiene 10 minutos, un baile sólo dura tres repeticiones, un juguete no es entretenido si no se lo echa a la boca o lo lanza (dos veces hemos visto con desesperación el mousse del computador de Carlos volar al final del opening de Ponyo o de Heidi). Y suma y sigue.
Mi hija aprende por segundo y hasta ahora nos hemos manejado bien usando el instinto, pero hay cosas importantes donde eso no siempre ayuda. Porque mi instinto me llama a protegerla de todas las cosas, pero sé, por experiencia, que no soy Wonder Woman (aunque me gustaría) y que tarde o temprano no voy a estar ahí para evitar que algo le pase. Si eso ocurre, ella va a tener que ocupar sus propias herramientas…. Y yo quiero darle todas las que sea posible.
Tarde o temprano mi hija va a tener su mundo y quiero ayudarla a construirlo. No entregarle un universo armado por mí.
Suena a auto convencimiento, pero realmente es producto de una reflexión larga. Porque si algo he tenido entre paseos, amamantamiento, hacerla dormir, bailes ridículos mientras cocino (sí, cocino casi todos los días) para que no se aburra, y malabarismos varios, es tiempo para pensar. Y como al mal paso darle prisa, ya me compré varios paquetes de pañuelos desechables, la acostumbré a comer cada cuatro horas, a dormir siesta a las horas de la sala cuna (conozco a mi hija, sé como llora y los vecinos de mi edificio también, así que más vale prevenir) … y aquí vamos Forita, a la verdadera rutina para salir a conocer el mundo y armar el tuyo propio.
En mi vida he tenido que enfrentar varios desafíos. Como todos. El primer día de clases, competencias varias, exámenes escolares, luego universitarios, búsquedas de trabajo, viajes, decisiones, parejas, rompimientos… pero creo estar segura de que nada se asemeja a esta sensación. Nada, ni siquiera el examen de grado en la universidad ni ese día en que me senté en un avión rumbo a España con más porfía que dinero.
No quiero romper la burbuja. No quiero dejar de despertar todos los días de una siesta con la manito de la Josefina apretándome la nariz. No quiero que otra persona le de su comida. No quiero que despierte y no me vea a su lado, o cerca. No quiero que llore y no estar ahí para decirle “ya pues Jose, no seas ridícula, pareces una guagua”. No quiero que diga sus primeras palabras y no poder escucharlas, o que aprenda a caminar sin que esté ahí. No quiero tantas cosas, pero tengo que hacerlo.
Ojo, que no es un “tengo” obligado. Existen maneras de prolongar este regreso al trabajo por meses, pero este deber no es por una norma externa, sino porque si le prometimos a la Josefina que haríamos todo para hacerla feliz, parte de esa felicidad es no aislarla y ayudarla a vivir de la mejor manera posible en el mundo en que le tocó nacer.
Si pensara sólo con el corazón, renunciaría al trabajo para entregarme completamente al día a día de la maternidad (y a veces lo he pensado, una trabajólica que odia a Martha Stewart y todo). Sumergida en un pequeño mundo perfecto donde yo soy todo para la Jose y ella es todo para mi, ambas bañadas por el aire fresco que trae Carlos entre ilustración e ilustración. Pero no sería justo para ninguno de nosotros.
Además, prolongar este verdadero corte de cordón umbilical sería más una agonía que otra cosa. Como caminar cientos de kilómetros por una ruta que sabemos que tarde o temprano llegará al punto que queremos evitar. Considerando además, con altas dosis de autocrítica, que por mucho que ame a mi hija hay cosas que definitivamente no se hacer, y hay personas mucho más capacitadas que yo que pueden ayudarla.
Ejemplos hay montones (y eso que la Jo sólo tiene cinco meses y algo). Me costó semanas entender el mecanismo de los piluchos, comprender cómo funcionan los pañales desechables. Todavía me amarro las manos para no tomarla en brazos cada vez que llora, sobre todo considerando que mi hija es una manipuladora en potencia desde el momento uno de vida. Aún no me atrevo con el cortaúñas, y desde que la Jose descubrió que puede pararse y ver las cosas desde otra perspectiva la cosa se aceleró. Ahora no basta moverle la “luna pollo” o “la negrita que suena” para calmarla, no, son necesarios verdaderos malabares. Un libro la entretiene 10 minutos, un baile sólo dura tres repeticiones, un juguete no es entretenido si no se lo echa a la boca o lo lanza (dos veces hemos visto con desesperación el mousse del computador de Carlos volar al final del opening de Ponyo o de Heidi). Y suma y sigue.
Mi hija aprende por segundo y hasta ahora nos hemos manejado bien usando el instinto, pero hay cosas importantes donde eso no siempre ayuda. Porque mi instinto me llama a protegerla de todas las cosas, pero sé, por experiencia, que no soy Wonder Woman (aunque me gustaría) y que tarde o temprano no voy a estar ahí para evitar que algo le pase. Si eso ocurre, ella va a tener que ocupar sus propias herramientas…. Y yo quiero darle todas las que sea posible.
Tarde o temprano mi hija va a tener su mundo y quiero ayudarla a construirlo. No entregarle un universo armado por mí.
Suena a auto convencimiento, pero realmente es producto de una reflexión larga. Porque si algo he tenido entre paseos, amamantamiento, hacerla dormir, bailes ridículos mientras cocino (sí, cocino casi todos los días) para que no se aburra, y malabarismos varios, es tiempo para pensar. Y como al mal paso darle prisa, ya me compré varios paquetes de pañuelos desechables, la acostumbré a comer cada cuatro horas, a dormir siesta a las horas de la sala cuna (conozco a mi hija, sé como llora y los vecinos de mi edificio también, así que más vale prevenir) … y aquí vamos Forita, a la verdadera rutina para salir a conocer el mundo y armar el tuyo propio.
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