miércoles, 24 de noviembre de 2010

Por qué ya no puedo ver películas de zombies


Luego de apagar el televisor tras un nuevo episodio de Walking Dead, la nueva serie sobre zombies basada en un exitoso y buen cómic, me pregunto ¿por qué ya no puedo disfrutar tranquilamente de un placer bizarro que antes me gustaba tanto? Terminé el capítulo apenas, y lo hice casi sólo por amor a Carlos que adora a los zombies y esperó esta serie durante meses.

¿Es que la maternidad me transformó en un modelo torpe y latinoamericano de Martha Stewart? ¿Yo, que no jugué con muñecas, terminaré comprándole Barbies de todos los tonos de rosa a mi hija? Eso me da casi más terror que ser perseguida por un zombie.

Le he dado vueltas al asunto, y me di cuenta de que lo que me espanta de los zombies no son las vísceras y restos humanos que aparecen de la nada, sino la maldita angustia que me generan. Simplemente no los soporto porque son un fiel reflejo de la sociedad actual, una que si eres u opinas distinto, aunque sea un poco, te persigue y agota hasta convertirte en uno igual a los otros cientos de miles que van al mall todos los fines de semana, a pasar el rato mirando vitrinas. Y con un hijo en brazos es fácil caer en la angustia.

En Walking Dead, que he mencionado tanto que ya parece product placement, dentro del grupo que lucha por sobrevivir al apocalipsis de los muertos caminantes hay niños. Y más que los nervios de ver como los “vivos” escapan de los lerdos cuerpos que “corren” a un km/hr. (el mismo tipo de nervio que cuando actuaba de Caperucita Roja en las fiestas familiares, hacia que en la parte del lobo, cuando él decía “para comerte mejorrr” yo ya estaba corriendo a un km. de distancia), es terrible pensar que esas madres y padres simplemente luchan diariamente por lograr que su familia sobreviva un día más. Sólo eso, sobrevivir, sin futuro ni proyección, intentando que sus pequeños descendientes queden con la menor cantidad de secuelas posibles frente al dantesco espectáculo.

Parte de eso es lo que hacemos todos los días, pero nosotros al menos podemos darnos el lujo de proyectarles un futuro, o poner algunos peldaños para que lo forjen de la mejor manera posible. Además tenemos la suerte de compartir junto a esas nuevas personitas todo su descubrimiento del mundo, momentos maravillosos que hasta al más negro le alegran el día.

Pero cuando veo películas o series –en este caso- de zombies, todo lo que intento mantener en un rincón de mi amargado y cansado cerebro, para poder funcionar con una sonrisa, aparece. Cual zombie debajo de la cama agarrándote el pie.

Como la sensación de esa madrugada del 27 de febrero, cuando despertamos a las 3 am con un terremoto 8.8, el suelo se movía como gelatina y yo sostenía a Josefina, de diez días de vida, mientras veíamos como volaban vasos, copas y platos. Entonces con Carlos lo único que pedíamos era que no se cayera el edificio. Pensaba “sólo tiene diez días, no ha vivido nada”.

O la angustia que me nace cada vez que la Jo tiene fiebre, o vomita, o me llaman de la Sala Cuna. No se si lo podré manejar, no sé si soy capaz de tomar tantas decisiones y hacerlo bien, no sé si seré capaz de transmitirle seguridad a mi hija todo el tiempo. Pero de alguna manera lo hago, siempre y cuando sea inconscientemente.

Es siempre esa maldita angustia de ser capaz de darle un futuro. No un “futuro Dallas” con autos, casas, dinero, saunas, súper teles y una habitación llena de ropa, sino un “futuro Josefina” donde sea feliz con una taza de arroz con palta a pie pelado, sólo porque le encanta la combinación y no necesita nada más. El que ella elija.

Por eso ya no puedo ver tranquila películas de zombies (por lo mismo tampoco soporto más de una hora en el mall). Porque además de reflejar a una sociedad que me agota con exigencias de lavado cerebral y gustos uniformes, de sólo imaginar una situación como la que viven los personajes de la serie, de sólo pensar en no poder darle un futuro a mi hija, me angustio a tal punto que apago la televisión.

¿Y sobreviviremos al ataque zombie? Espero…