sábado, 5 de marzo de 2011

Sólo se que nada sé


Esta semana Josefina empezó a asistir a su nueva Sala Cuna. Resumiré el largo proceso, que entre otras cosas me hizo sentir peor que la madrastra de Blanca Nieves (la saqué de su mundito que le costó seis meses armar), en tres razones: me queda al lado del departamento y otros la pueden ir a buscar en caso de emergencia, tengo la espalda que da pena por las caminatas de más de 20 min. de la sala cuna al metro, y si tiembla o llegan los extraterrestres, sólo yo estaré lejos y sólo yo tendré que preocuparme por buscar algún sistema para volver con la familia.

Suena fácil, pero fue todo un tema. Primero, por lo pérfida que me sentí, y segundo porque implicó hacer toda la burocracia de nuevo. Certificados, lista de útiles, acuerdos, y una ficha de inscripción que incluía varias cosas que me hicieron pensar bastante. Sólo por eso ya valió la pena el cambio.

En el documento me preguntaban cosas como de qué manera quiero enfrentar el tema de la existencia de Dios con mi hija, o cómo quiero que se le presente el proceso de nacimiento, el sexo, e incluso la muerte. Mi hija ni siquiera habla (sólo dice guau cuando ve un perro o cualquier otro animal, incluso pájaros), por lo que sinceramente no me había cuestionado temas tan relevantes. Sólo me he limitado a repetir como loro “maaaa-ma”, “paaaa-pa”, o “pe-lo-ta”, pero nunca algo como “Tú-vi-nis-te-de-una-se-mi-lli-ta-de-tu-pa-pá-con-a-mor”.

Punto para la nueva sala cuna.

Pero lejos lo que más me ha dado vueltas fue que tuve que explicitar si La Jo había nacido por parto normal o cesárea, de término o prematura. Lo segundo lo entiendo, pero lo primero nunca lo había pensado. Yo nací por cesárea y nunca he notado algo extraño en mí (que no note en otros miembros de mi familia… no estoy diciendo que sea tan canónicamente normal). Mi hija salió por parto normal, y cuando nació realmente entendí en toda su magnitud el concepto de “fue un parto tal cosa”, cuando se refieren a algo difícil, largo y doloroso. Claro que ahí falta “hermoso” y “emocionante”.

Me fui por las ramas. El punto es que me puse a pensar qué relevancia podría tener dejar explicitado el parto de mi hija. Y he estado en eso todo el día. Un sistema implica que el bebé ve una luz al final, creo, luego debe intentar seguirla, motivado por la curiosidad y los movimientos que la empujan a salir. La luz se hace cada vez más grande, no quiere salir pero ya no puede volver atrás, nunca en su vida vio la luz, pero entiende que es algo que va a cambiar las cosas, ve como se acerca y una mezcla extraña entre emoción, curiosidad y miedo debe formarse en su pequeña cabeza hasta que sale a algo extraño, seco, ruidoso, brillante, sus ojos apenas captan las sombras de muchas manos que la tocan… y llora.

Recuerdo que Josefina en sus primeras semanas, cuando empezaba a quedarse dormida le daban unos espasmos (yo por molestar le decía los “taldos”) y se afirmaba de los bordes del moisés. Hasta hoy creo que recordaba el traumante momento de nacer.

Ahora bien, con la cesárea la cosa es más rápida, con lo bueno y malo que eso implica. Está el bebé flotando en la tranquilidad de su útero, tratando de esquivar el cordón, que cada vez lo molesta más, cuando de pronto todo se llena de brillo, los ojos no alcanzan a ver más que blanco y unas cosas entran a su espacio de intimidad y lo sacan a la fuerza. “Déjenme acá” debe pensar, pero ya afuera, porque el proceso es veloz y al rato está con su mamá, pero por fuera.

Ambos procesos son inevitables, pero uno es como un camino curioso, atractivo, lento y desconcertante; mientras que el otro es rápido y sin tiempo para reaccionar. Tal vez ese sea el signo de los tiempos y la razón por la que hay tantas cesáreas hoy en día.

El punto es que dándole vueltas al tema releí Sandman, uno de mis cómic favoritos, y retomé la idea del ciclo eterno del cambio. El nacimiento como una pequeña muerte, un cambio de estación. Uno lento o uno rápido… ¿las tías sabrán algo que yo no sé? Seguro que sí.

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