
Luego de varios sucesos ocurridos a nuestro alrededor, que incluyen el regreso al trabajo y el ingreso a la Sala Cuna, hay una frase que me han repetido varias veces que no deja de darme vueltas: “Es el mundo en que le tocó vivir”. Desde la pediatra refiriéndose a la cantidad de virus y contagios que pueblan los espacios urbanos, hasta personas respondiendo a mis dudas existenciales.
Una de las razones por las que esta frase me molesta es porque forma la base de la inequidad social. Hija, no quiero que te convenzan con ese tipo de frases. Creo firmemente en que existe un camino entre el mundo en el que naces y en el que terminas viviendo, y que frases como esas están hechas por las mismas personas que te convencen de que logras el éxito al tener un auto, un televisor con pantalla plana o zapatillas “de marca” todos los meses. Luego son esas mismas personas las que te amarran de brazos y piernas con cuotas de apariencia regalada e intereses que crecen a su gusto.
Escribo esto a semanas de que Chile apagara sus 200 velas como República. Escribo esto luego de presenciar empíricamente que en estos 200 años nada ha cambiado. En este país seguimos viviendo en un fundo. Con más detallitos, claro, más poder adquisitivo, mayor ampliación hacia el mundo, menos aislados y con más acceso a las comunicaciones, pero el poder de tomar las decisiones y de administrar a los trabajadores de estos fundos Josefina, sigue estando en las mismas manos.
La verdad hija es que nunca he militado en un partido político, porque una de las cosas que más odio es que me digan cómo tengo que pensar. Pero sí voto, porque creo que es en esa instancia donde mi palabra o mi pensamiento valen lo mismo que la palabra y pensamiento del dueño del fundo. Tal vez soy ingenua, lo reconozco, pero al menos me hace dormir más tranquila. A través del voto vamos forjando una República y validando tantas peleas que se dieron en el camino.
Sin embargo, a la hora de planificar, organizar y sobre todo ordenar este gran fundo llamado Chile, las voces de mando son las mismas. Y lo que es peor hija, a la gente parece gustarle. Los miran con admiración (si pudieran algunos les harían una reverencia), los escuchan como si su palabra les diera las respuestas a sus dudas, y sobre todo, les creen.
Pienso Josefina que en 200 años los grupos se poder se las han arreglado para mantener las cosas más o menos iguales. No importa que seas un buen profesional, que mojes la camiseta de tu lugar de trabajo, que tengas méritos académicos e incluso personales. Todo eso se va a la basura si no lo acompañas de un buen apellido, o un buen contacto, o peor aún si no sabes manejarte en ese mundo que lleva más de 200 años forjando su propio paraíso.
Porque aunque te parezca difícil de creer, en Chile cuesta más ser persona si tienes apellido Soto. En Chile no importa tu esfuerzo a la hora de crecer en una empresa si no agachas la cabeza, no tienes contactos, familia importante, o tienes rasgos aborígenes. Al menos por ahora.
Y me temo Forita que la cosa va más allá de nuestras fronteras (aunque afortunadamente algunos de los países llamados del “primer mundo” son más abiertos a los méritos personales).
Pero hija. Aunque suene negro, no todo lo es, y por eso es importante que no creas en frases como “es lo que hay” o “es el mundo en que te tocó vivir”. No tiene por qué serlo. Un cambio comienza en un cambio de actitud, y como dijo el poeta Guillaume Bouchet: “La verdadera nobleza se adquiere viviendo, y no naciendo”.
Aunque intenten hacerte sentir inferior, sabes que no lo eres. Eso es suficiente. Y te pueden desnudar, gritar y humillar, pero no pueden cambiar tu esencia. Y esa es la manera en la que podemos empezar a cambiar las cosas.
Espero hija que en el tricentenario esta pequeña carta suene a la voz de una vieja agria y resentida, en un país donde este tipo de cosas ya no ocurran, y donde puedas generar cambios y hacer un buen trabajo basándote sólo en tu capacidad, voluntad de hacer las cosas bien y espíritu de solidaridad.
Sí, en los países llamados del "primer mundo", al menos en mi querida España (que por mucho que la ame para mí es todavía del "segundo mundo"), también sucede lo que en Chile.
ResponderEliminarUn abrazo amiga,
Raquel